Aragón. Allá va la despedida.

No soy muy ducho felicitando los finales de año, quizá porque no me hace mucha gracia todo lo que tenga que ver con el paso del tiempo y blableblí. O porque siempre que alguien me dice eso de feliz año, pienso internamente “feliz año, ¿qué? Dame un maldito verbo”. Pero siento un pequeño resquemor. La necesidad de aludir a la parte última de este 2016, que me parece una mala noticia, con una buena.

Y lo que en rigor no es una noticia, para mí es una fuente de buenas mininoticias.

Intentaré explicarme. Uno de mis (varios) trabajos es el de informador turístico en la Oficina de Turismo de Aragón. Es un trabajo agradable. De entrada, porque la gente que se acerca a ti está ahí porque le da la gana. No van a una clase de matemáticas que odian, ni a que les verifiquen las sospechas sobre unas manchas en el pulmón, ni a denunciar que les han robado la bici. Así que la disposición es, en la mayoría de los casos, muy buena. Para más inri, todo lo que el personal que nos visita se lleva de la oficina le ha costado cero euros con cero céntimos.

Si además te gusta el sitio en el que naciste y vives, pues tanto mejor. Se trata, en definitiva, de ser acogedor con quien te hace una visita, y eso siempre es bonito. Bonito y fácil, si se le pone un poco de pasión, y de eso no falta en mi curro. Siempre seréis bien atendidos por cualquiera de mis compañeras porque, para empezar, les gusta lo que hacen.

Y aquí viene el preceptivo tirón de orejas para mi paisanaje: no seáis membrillos.

Me explicaré, por si algún forano se me pierde. En Aragón, como en todos los sitios, hay cosas buenas y malas. Si no me equivoco tenemos fama de tozudos, cazurros y nobles. Bien, pues añadiré una característica que creo que no se nos conoce allende nuestros límites, pero está muy presente en nuestros cabezones. Y es que somos demasiado autocríticos. Pero no en el sentido positivo, edificante, de cliché para soltar en una entrevista de trabajo, sino en la acepción de negativos y pesimistas sobre nosotros mismos. Eso me jode sobremanera. ¿Se debe al hecho de vivir en una tierra despoblada, mal comunicada y en determinados lugares aquejada por un clima bastante hosco? Puede ser. Tal vez ese hecho haya propiciado una cierta desconfianza hacia las propias posibilidades en el futuro, perdón por el determinismo.

Pero lo justo es lo justo y al pan, pan. He dicho que quería decir algo positivo. Aragoneses, fuera de Aragón nuestra tierra gusta más de lo que os pensáis. O mucho nos mienten los muchísimos turistas que pasan por nuestras manos y confían en la información que les damos. Lectores no aragoneses, ya os lo digo: algún lector sí aragonés ha arqueado la ceja al leer este párrafo. Una ceja desaprobatoria, por supuesto. Una ceja incrédula. Pero qué le vamos a hacer.

Baja la ceja y atiende, melón. Todos los días, varias veces (repito el concepto porque es importante: todos los días, varias veces) los visitantes que tienen a bien dejarse caer por aquí se muestran sorprendidos por lo que encuentran. Hablan de las bellezas del paisaje, de la grandeza de  los monumentos, de lo bien que comen aquí, de lo bien recibidos que se sienten y de la amabilidad de la gente. Y en lo tocante a Zaragoza, que es la ciudad en la que estamos, les sorprende lo dicho y dos cosas por añadidura. El tamaño, que creían mucho menor, y la limpieza. Ante eso último yo también acometía al principio ciertos arqueos de cejas, pero es algo que el turista repite fervoroso.

También hay aspectos que les resultan menos satisfactorios, como el cierzo que nos transforma en cheposos o los palos que meten ciertos establecimientos en el Tubo. Sobre lo demás, no exagero, apenas hay quejas.

Y sobre todo, preguntas, porque algunos vienen de, pero otros quieren ir a. Y aquí las posibilidades son infinitas.

A los niños les encantan los castillos y tenemos castillos para dar y tomar. El castillo de Loarre es el más conocido y el lugar desde el que en mi opinión se puede disfrutar de la panorámica más hermosa de Aragón, toda la Hoya de Huesca, perdida en el horizonte como pintada en sfumato por Leonardo. La guerra de los Pedros dejó en la provincia de Zaragoza el castillo de Mesones de Isuela. Para mí, la idea platónica de castillo medieval, puro rectángulo de murallas y torreones increíblemente bien conservados. Hay que ir a Mesones de Isuela. Y hay que ir también a Peracense, en Teruel, para no ver cómo la muralla serpentea a lomos de la roca hasta que la tienes a un palmo. Nunca se vio castillo de color tan semejante al de la piedra sobre la que  descansa: el rojo ocre de los rodenos del entorno.

Castillo de Mesones de Isuela

El Monasterio de Piedra es uno de los monumentos más visitados y también es historia, aunque mucho más antigua. La historia de la erosión del río Piedra hasta la formación de un caprichoso parque natural en el que se asentó el Císter y en el que los monjes dieron a luz al chocolate por primera vez en Europa. Veruela es el otro impresionante monasterio cisterciense, que pese a lo místico se adentra en tierra de brujas. Las faldas del Moncayo han visto a muchas. Acerca de esa orden monacal hay que decir que edificaron otro monasterio que aquí omito, porque no es que la cosa vaya sobre Ruedas.

El antiturismo es también muy turístico. Y si no me creéis, pensad en Belchite. Resulta que, en general, los vestigios de la Guerra Civil tienen un público numeroso. Además, yendo hacia Belchite se encuentra uno de los grandes bastiones del turismo en esta tierra: Goya. Porque en el camino nos encontramos con su casa natal y museos de grabados en Fuendetodos. Es otra forma de antiturismo. Probablemente Goya sea uno de los artistas más desapacibles de la Historia. Pues bien, su genio nos representa en el mundo.

Una de las cruces para esta tierra ha sido desde siempre, como digo, la despoblación. Porque la baja demografía no sólo implica poca gente sino escasas comunicaciones. Pero ese hecho tiene una parte positiva, como es el hecho de que la humanidad deja espacio a la naturaleza. Así, tenemos a Gallocanta, una enorme laguna endorreica que pasa por ser uno de los principales humedales salinos de Europa. Otra de las cosas que se aprenden en el sector turístico es la ingente cantidad de personas apasionadas de la ornitología que aquí tienen un centro de peregrinación a la búsqueda de las migraciones de las grullas. Suena inhóspito quizá: poca gente = naturaleza. Y esto se manifiesta de mil maneras, a cuál de ellas más antojadiza. Me refiero a los Mallos de Riglos o los puertos de Beceite o la Bardena o el complejo kárstico de las lagunas de Estaña o los Órganos de Montoro o el Geoparque del Maestrazgo o las Grutas de Cristal de Molinos o los cañones de Guara o el Parque Nacional de Ordesa y Monte Perdido, Patrimonio Mundial de la UNESCO, tal vez la joya de la corona.

Ordesa
Ordesa

La unión de capricho natural y humano en su máxima expresión está, en mi opinión, en la misma comarca. La Jacetania conserva lo que interpreto como gusto de la gente de religión por vivir con un cierto acojone perpetuo, el Monasterio Viejo de San Juan de la Peña con su espectacular roca abalanzada sobre el claustro, y la que acaso sea la imagen más inesperada con la que un visitante no avisado se puede topar: la Estación Internacional de Ferrocarril de Canfranc. En el medio de dos paredes escarpadas, una esplendorosa estación que parece el espejismo en el sueño de un ferroviario.

Sé que toda esta enumeración suena un poco promocional. Igual es que me sale por defecto profesional, pero es que este oficio se vive con todas sus consecuencias. En tiempos hice el mismo trabajo a nivel municipal y ya lo gozaba, así que seguramente lo llevo en la sangre y no se irá jamás. También hay cosas que no me gustan (y que me callo, porque como digo me apetece que esta sea una entrada agradable) o que directamente me importan un bledo (la nieve, el esquí, los balnearios).

Podríamos estar hasta el infinito y más allá, hablar del románico, del mudéjar de Teruel, de los tambores de Semana Santa, de La Seo y la Aljafería (vale la pena currar en esto aunque sólo sea por ver a los turistas franceses intentando pronunciar esta palabra), de las Cinco Villas, del vino y la gastronomía, de Alquézar, de Albarracín, de Aínsa o de los tesoros que esconden las sierras de Gúdar y Javalambre. Nunca pararía, pero me debo a mí mismo publicar esta entrada antes de que acabe el año y lo voy a hacer.

Esa es mi forma de felicitar el año. Hablando de algo que me gusta. Y ya puestos, invitándoos a que os guste a vosotros también.

Mudéjar turolense
Mudéjar turolense

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