Cautivos del mal y La noche americana. Reproche y aplauso

Existen dos maneras principales de plantear el amor por algo: la crítica dura y la celebración de las virtudes. Y esas dos vías fueron las propuestas por Vincente Minelli y François Truffaut en los largometrajes Cautivos del mal (1952) y La noche americana (1973), respectivamente.

Cautivos del mal se tituló en Estados Unidos The bad and the beautiful. Así que aquí y allí la película tuvo sugerentes títulos que en poco o nada se relacionan con la trama que presentan. Parece que, después de un visionado, todos los escritores de sinopsis del mundo consideran que el Mal es el protagonista (un inconmensurable Kirk Douglas que encarna al productor Jonathan Shields) a tenor de las características que se le atribuyen sin excepción: carente de escrúpulos, despiadado, tiránico, manipulador, traidor, embustero. A mí Jonathan Shields me cae bien. Es más, admiro a Jonathan Shields. Se trata de un fulano encantador, carismático y talentoso, y tiene la iniciativa que al resto de personajes principales falta. Estos tres personajes cogen cuerpo en los estereotipos de una actriz rutilante y borrachuza, un director de éxito con antecedentes famélicos y un perspicaz guionista de pasado trágico. Shields-Douglas los envuelve con una verborrea y un entusiasmo en los que nunca falta sinceridad, la sinceridad de la pasión por el cine. Tampoco falta una tendencia a la fatalidad. Él tiene las ideas y sabe empujarlas ladera arriba, y ellos son los cilindros que mete debajo del paquetón para que la subida sea factible, pero en ningún caso es algo que no deseen hacer, sino que lo desean con distintas gamas de fervor. En todo caso necesitan ser convencidos de ser quienes son y querer lo que quieren. Y lo que quieren es lo mismo que el productor, estar en lo alto de la montaña.

Por lo que se puede leer por ahí, parece que sólo a Shields le interesaba subir, que los otros fueron vilmente engañados. Ja.

PERO el Mal no está en el protagonista, como leo una y otra vez. Ni siquiera en los otros personajes porque, las cartas sobre el tapete, o todos o ninguno. El Mal es superior. Y eso es la lectura desagradable para el cinéfilo, lo que nos toca la moral, esa es la crítica dura que se menciona en la primera línea. Porque, amigos, el Mal es el Cine. Y por eso esta película es enorme, porque Minelli se pone al nivel del Bergman más metafísico para explicarnos (o al menos para explicarme a mí) que el Cine encierra una dinámica de destrucción de las personas, de sus sistemas de valores, de sus identidades. Y si me pongo estupendo puedo decir que es una crítica al capitalismo más brutal, gracias a cuyos pechos, no olvidemos, se criaron todas las productoras hollywoodienses. Pero no me quiero poner tan estupendo, porque llegar hasta esa conclusión equivaldría a leer en el cerebro insondable de Minnelli, y cuando leo juicios por el estilo siempre siento cierto pudor. Quizá, y esto ya es más deducible de lo que se puede ver, sea sólo una crítica al cine de Hollywood, al star system o al sistema de estudios, por desglosar un poco el macrorreproche que el director italoamericano hizo al Séptimo Arte. Probablemente sea eso. Quería hacer un homenaje a su pasión, pero entendió que la mejor manera era afeándole la conducta de su periferia, no de su núcleo. Nadie riñe más a un niño que sus padres.

Los personajes son buenos en lo suyo, pero ese Dios al que llamamos cine ha penetrado en sus almas y los posee. ¿Alguna objeción? Observad atentamente el último plano, no puedo añadir mucho más. Bueno, sí, que después del final de Luces de la ciudad, me parece el mejor último plano de la historia del cine.

Y en el reverso del calcetín nos encontramos con La nuit américaine por no llamarla Visión cariñosa de las entrañas de una producción cinematográfica. En las antípodas del planteamiento de la anterior, aquí todo es maravilloso. El equipo se quiere, los actores se ayudan, los asistentes retozan juguetones en paraísos fluviales, el director (interpretado por el propio Truffaut: metasupérenlo) tiene toda la paciencia del mundo y el otrora pérfido productor es un dechado de bonhomía. Los problemas que van surgiendo, entre ellos una fuga y una muerte, se solucionan mansamente. La película rezuma felicidad. Si me la explicaran así, vaya por delante que yo no la vería.

PERO… no. No hay ningún pero. Es que es así y punto. Porque dicho todo esto y pese a que pueda sonar pastelosa, edulcorada y azucarada, es una verdadera delicia, una de las mejores ovaciones que el cine se ha hecho a sí mismo nunca. Ahonda mucho menos en los periplos personales de Cautivos del mal y entra con potencia en el meollo: así se hace una película. Y así me/nos gusta que se haga.

De hecho hurga en la misma técnica artística. No en vano, la noche americana es un antiguo recurso consistente en aplicar un juego de filtros a la lente de la cámara para conseguir un efecto de iluminación nocturna.

Sobre la veracidad de la trama y las circunstancias en que ésta se desarrolla poco puedo decir, puesto que nunca he estado en un rodaje. Pero tampoco sé gran cosa de gastronomía mexicana, salvo que cuando la pongo a mi disposición vivo grandes momentos. Empieza con un plano secuencia excelente que confunde la película con la película dentro de la película, y finaliza en un hecho violento. En el segundo plano, pues, ya no podemos estar más metidos en harina. Y nos sorprendemos varias veces sonriendo cómplices, como diciendo “je, je, este Truffaut ha dado en el clavo, así funciona este asunto. Sí, señor” para inmediatamente darnos cuenta de que no tenemos ni idea de cómo funciona este asunto, pero que no puede ser de otra manera. Creo que ahí radica la universalidad de la película. Según la vemos, vamos aprehendiendo el modo de hacer, y nos lo vamos creyendo sin reparos, porque nos hace felices. Este film es un cicerone de la dicha cinematográfica.

Es más, queremos estar ahí, y sin importar mucho qué hagamos o cómo. Ya que desde el auxiliar del auxiliar del auxiliar hasta el actor principal (por cierto esto es lo peor de la película, el siempre estomagante Jean-Pierre Léaud) viven en un óleo rococó entregados a quehaceres de lo más estimulante entremezclados con pequeños inconvenientes que hacen de estímulo más que de traba.

Si en su día House hizo decidirse a muchos alumnos de secundaria por estudiar Medicina, no me extrañaría que al ver esta película se hubieran gestado miles de cineastas.

Nadie dice lo guapo que uno es más que los padres de uno.

Son dos formas de expresión del amor puro: la amonestación y el aplauso. En este caso, permítanme, creo que a ambas les dedicaré más bien lo segundo.

8 Comments

  • ¡Me ha encantado! Y creo que tienes razón (aunque nunca lo había pensado, la verdad) el cine encarna el mal en la película. Es la industria lo que les corrompe y empuja a destacar sobre los demás. Genial análisis y ¡enhorabuena por el blog!

  • Si, la culpa siempre es del Sistema… y qué!!! Disfrutemos que algo quedará. El cine, al fin y al cabo, no es más que un espejo en el que Alicia olvidó mirarse y la convirtió en un tonto dibujo animado…
    Te quiero Guillermo, eres grande.

  • Me ha gustado este artículo sobre el cine, aunque lo machaque un poco. Además me ha recordado esas 2 magníficas películas y memorables interpretaciones, salvando al cine francés, creador, en general, de films tan extraños y a menudo incomprensibles.

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