El Cid y los mitos bastardos

Siempre me ha llamado la atención el desparpajo con el que se suele invocar al Cid Campeador. Un paladín de la fiereza castellana, magnánimo en la batalla, bastión glorioso del cristianismo en la península y, la carambola es inevitable, personificación de la esencia española. Uno de los más claros ejemplos de manipulación de la Historia al servicio de una causa sentimental común. O, mejor dicho, uno de los más claros ejemplos de servicio de la Historia a dicha causa.

Porque lo cierto es, y he aquí mi sorpresa desde hace mucho tiempo, que las acciones del Cid no se han mangoneado como sí se ha hecho con otros pasajes y representantes patrios. Vaya por delante que su figura me es simpática. Valeroso contra el enemigo, carismático adalid, caudillo de vagamundos, fuerte y, sobre todo, enfrentado a un rey con ínfulas de emperador, así que pitera no le faltaba. El Cid me cae bien. Pero no puedo dejar de pensar en la aseveración de Benedetto Croce, en mi opinión uno de los mejores resúmenes posibles sobre qué es la Historia: «Toda la Historia es, en realidad, historia contemporánea». Y sí, es imposible ver los hechos históricos no deformados por el angular de nuestro presente. Pensamos de ayer tal como somos hoy, por más que nos esforcemos en subvertir los parámetros de nuestro juicio. Los más doctos podrán suavizar esta realidad, pero ni ellos pueden escapar sanos y salvos de la misma. Volveremos con Croce más adelante. El caso es que ese respeto mostrado a la figura de Rodrigo Díaz de Vivar no ha escatimado a la hora de retratarlo como lo que en realidad fue: un mercenario. Vigoroso, tenaz, enérgico, intrépido, sí. Pero mercenario. Ni siquiera la bruma que cualquier epopeya nos pone delante de toda verdad lo desmiente. Ni siquiera el Cantar lo niega. Cantó las cuarenta a Alfonso VI por la muerte de su hermano Sancho, al que Rodrigo era adicto, y arriesgó su toma de Toledo con unas maniobras equivocadas que supusieron el sello definitivo de su expulsión. Necesitaba un señor, así que se puso al servicio de Muqtádir en Zaragoza, desde donde se las vio con el conde de Barcelona Berenguer Ramón II y con el rey de Aragón, Sancho Ramírez. Años después se reconcilió con Alfonso VI, quien sirvió de motor a las conquistas levantinas. Pero un retraso del Cid a la llamada de su rey en la defensa del castillo murciano de Aledo desemboca en un triunfo almorávide que supone un nuevo destierro que propició que el caudillo buscase un señorío propio, viéndoselas con los musulmanes y con Berenguer Ramón II. Somete a parias a numerosos señores musulmanes y conquista Valencia en 1094.

Y después de este muy resumido periplo, me pregunto: ¿qué hay de puro en él? ¿Qué de incólume? Fue un condotiero fiel pero también un oportunista que guerreó con unos y con otros, y no fue un soldado perfecto, pues sus demoras e incluso errores tácticos provocaron más de una sonada derrota. Finalmente, quiso su parte del pastel para sí mismo. Pastel con sabor a naranja, como todo el mundo sabe. Fue, por lo tanto, un hombre de su tiempo. Su figura se zarandea hacia uno y otro lado, pues es un cristiano al servicio del moro y para los cristianos una suerte de líder mozárabe que busca su propio beneficio a servicio de otros y para sí mismo. Un retrato fiel de su época que conocemos bien. No es ningún engaño y, al menos en lo que a mí respecta, ningún desdoro.

Pero, y ahora traigo a colación de nuevo a Benedetto Croce, el concepto de mercenario está muy devaluado en nuestro tiempo. Llega a adquirir para muchos el significado de traidor miserable. La Edad Media en general, y la Reconquista en particular, son una continua sucesión de deslealtades y de avances seguidos de retrocesos, con lógicos problemas de repoblación y casi ininterrumpidas desavenencias entre monarquías. Los reyes cristianos o, más bien, los asturianos y posteriormente los leoneses, subrayaban su ascendencia goda y, efectivamente, de ellos heredaron el morbo gótico. La Reconquista duró muchos siglos, y si se producía algún desarrollo en cuanto a ampliaciones territoriales era porque coincidían las simpatías de varios reyes en el tiempo. Y cuando hablamos de tiempo nos referimos a un año o unos pocos años en particular. Al poco volvían los desacuerdos.

En toda esa amalgama de ideologías, religiones, líderes, compromisos, intereses, señoríos, adhesiones y felonías, ¿por qué no iban a tener lugar los freelances de la espada como el Cid?

Y me sigo preguntando: ¿por qué se invoca todavía como modelo de lealtad? Por fijación de unas ideas añejas muy útiles para cimentar doctrinas presentes, claro. Hay pocas cosas más reconfortantes para muchos que saberse avalados por su propio pasado, aunque los hechos de ese pasado, traídos al presente, sean más que dudosos. No en vano, el del Cid es un caso más de entre otros muchos, con otras ramificaciones. ¿Existe alguna casa real que no parta de un bastardo? No, y no me parece censurable por su nacimiento fuera de un matrimonio sino por su concepción al margen del matrimonio ya existente (es decir, más infidelidad todavía).

Todo lo antedicho me sirve para llegar a una conclusión que debiéramos tener muy presente cuando invocamos a la Historia para legitimar algo: el pasado, trasladado a nuestros parámetros actuales, es execrable siempre o con contadísimas excepciones. Si fuéramos conscientes de ese pasado putrefacto seríamos más felices. Nadie jugaría a ser mejor que nadie por lo sucedido hace mil años, o en todo caso el juego consistiría en quién es peor que quién, y eso sería sin duda mucho más divertido. Y sobre todo menos peligroso. Se trata de relajar el pulso, meditar sobre según qué emociones y disipar la intensidad de la confianza en nuestros mitos. Eso nos igualaría por lo bajo y nos pondría a todos los pies en el barro, lo cual es de urgente aplicación a cualquier nacionalismo. Y no hay nada más divertido que saltar en los charcos. Me juego cualquier cosa a que el Cid estaría de acuerdo conmigo.

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4 Comments

  • El tema de la “reconquista” es bastante espinoso, son las bases del nacionalismo Español y a poco que se profundiza queda claro que son mas mito que otra cosa. Hay una novela de Corral sobre el Cid interesante para ver sus andanzas y sus claro-oscuros. Buena entrada 😉

    • Desde luego (y como todas las naciones) España está basada sobre una atalaya de leyendas. Esa lectura esta pendiente. ¡Muchas gracias por comentar, Rizzen!

  • “Qué buen vasallo se oviese buen señor”. Bonita sentencia, como casi todas las que al Cid respectan. En realidad, yo creo, al hilo de tu escrito, que fue un hombre de su tiempo y personaje atemporal: vamos, que podría estar al frente de cualquier gobierno europeo, nadando y guardando la ropa, rogando y con el mazo dando.

    • Hola, Paco. Eso he querido decir… más o menos. Más en lo atemporal, porque es cierto que dio muchos bandazos (como vemos en la actualidad), y menos en lo personal (no veo a Rajoy, Merkel y compañía, con una millonésima parte de su magnetismo y valor). Muchas gracias por tu comentario.

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