Correcto – 180⁰ – Incorrecto

De acuerdo, el destino no existe. Pero hay veces en que resulta inevitable sentir un fogonazo del mismo.

La escena es la siguiente:

Simultáneamente desayuno y rumio sobre qué escribir aquí. Si este asunto es muy manido, si el otro es aburrido, si el de más allá lo desconozco o si el de un poco más allá lo desconozco más aún. Como contaminación acústica, las noticias. Como contaminación visual, las noticias. Y cuando estoy por descartar el enésimo tema por lo trillado y también por lo ligeramente tibio, aparece Esperanza Aguirre en la pantalla. La crónica da cuenta de un libro que publica la llamada Lideresa. Su título, Yo no me callo.

Deus ex machina. Dice la RAE: Loc. lat.; literalmente ‘el dios [que baja] de la máquina’. 1. m. Teatro. En el teatro de la Antigüedad, personaje que representaba a una divinidad y que, mediante un mecanismo, descendía al escenario para resolver situaciones complejas o trágicas. 2. m. Persona o cosa que, con su intervención, resuelve, de manera poco verosímil, una situación difícil dentro de una obra literaria.

Pues bien, la obra esperanzaguirriana fue mi Deus ex machina entre chiquilín y chiquilín.

¿Por qué Yo no me callo? ¿Cómo que Yo no me callo?

No he leído el libro y sospecho que no lo voy a leer en algún tiempo, pero no es difícil imaginar de qué va. Nuevamente, la ¿autora? De Yo no me callo, la política que incluso ha llegado a crear marca del no callarse, se dedicará a repartir cera entre sus compañeros de partido. A sacarles los colores, a subrayar sus desaciertos. Como primera valoración tengo que decir que para eso no basta con un libro, sino que hubiera necesitado una enciclopedia. La segunda es, más que una valoración, una pregunta. ¿En qué momento la incorrección política se transformó en lo correcto?

Se diría que algo tan noble y enriquecedor como el pensamiento crítico ha derivado en gran parte hacia algo tan poco amable como la reprobación y la censura, casi por decreto. Aguirre es la punta del iceberg de esa actitud tan desagradable que consiste en confundir la sinceridad con el reproche, lo que conlleva la segunda parte de la película: la asociación de ideas amabilidad-hipocresía. Ella sabe que su público ruge de dicha cuando dice las cosas claras, y no acierto a ver la diferencia entre sus habitualmente venenosas declaraciones y los exabruptos de la choni de Gran Hermano que siempre dice lo que piensa a la cara. Esa diferencia está en el continente, si se quiere, pero es milimétrica y está basada en el carisma y la sintaxis. En lo esencial dicen lo mismo: algo malo de un tercero. No conozco a una persona que se jacte de decir las cosas a la cara para llamar guapo a otro.

El origen de esta postura, calendario en mano, es el del nacimiento de una expresión que tenía y sigue teniendo buena prensa: políticamente incorrecto. Diría que nacieron en el mismo año e incluso en el mismo minuto, siendo ambas caras de un mismo talante. Y era una buena cosa. Lo políticamente incorrecto era lo valiente, juicioso y justo. Un oasis en mitad de los mil espejismos, palabrería vana y motivos espurios que se pueden envolver entre correctísimos modales y sutil retórica. Un destello de intrépida luz en la oscuridad de lo falsamente apropiado, también llamado políticamente correcto. Respecto al hermano gemelo de lo políticamente incorrecto, él era-es algo más desaliñado y alborotador, pero simpático por lo sincero y asequible por lo claro. El gemelo que iba buscando broncas en los reality shows y que aun resultando un poco bruto era perdonable, ya que al fin y al cabo iba de frente y tenía el arrojo de decir lo que nadie se atreve a decir. Es decir, como Esperanza Aguirre, otro que no se callaba. Y todo eso estaba más o menos bien, ya que los gemelos eran rechazados por el establishment y amados  por el pueblo.

Pero ya sabemos que aquí todo lo que no sea la gran secada es la gran remojada. España es una palabra que se escribe con trazos muy gruesos y no íbamos a hacer una excepción con esto. Aquí los giros copernicanos se producen siempre a la velocidad de la luz. Lo políticamente incorrecto es ya, a menudo, mala educación e incluso violencia verbal (España también es el tipo que lee estas líneas y me considera automáticamente un adorador de Bertín Osborne o Felipe VI, por desgracia). Supongo que las buenas formas volverán, porque todo lo relacionado con el hombre tiene un origen, una etapa clásica y una más enrevesada y manierista que es la decadencia desde la que parten los renacimientos futuros. Quiero pensar que estamos en el invierno de la educación, es decir, en la pésima educación, y que ésta resurgirá por la propia dinámica de nuestras necesidades sociales. El nivel de descortesía es actualmente ensordecedor. Y de poca finura, qué diablos. A ver cuándo se enteran algunos de que existen formas creativas, sutiles, vaporosas, de mandar a alguien a la mierda. Mandar a la mierda está muy bien. De hecho, de vez en cuando es imperioso hacerlo. Pero la sal también está muy bien y es necesaria hasta que nos excedemos.

No quisiera que esta entrada fuera leída como una oda a la adulación, pero sí como una pequeña convocatoria al civismo (más por la necesidad personal de verbalizarla que porque piense que los que leerán este post no son personas civilizadas). Y bien pensado no debería ser tan difícil, si tenemos en cuenta que la educación es obligatoria, que la cultura es mucho más accesible que hace unas décadas, o que levantas una baldosa y encuentras a cuatro universitarios subrayando sus apuntes. Ser pesimista a lo tonto es ser tonto y no quiero caer en eso. No soy de los que piensan que cualquier tiempo pasado fue mejor, y siempre pensaré que el pensamiento crítico es el fundamento de nuestra civilización. Ahora ya si encontráramos el equilibrio entre expresar la opinión y hacerlo con modales, esto sería la repanocha.

He empezado la entrada hablando de la inexistencia del destino, y quizá podría haberle puesto un poco de pimienta al asunto insultando a los que creen en él. ¿Qué hubiera ganado con ello? El malestar de alguno de ellos, si lo hubiera leído. Su molestia y a saber si su enojo.

Pues menuda recompensa. Mejor, yo sí me callo.

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