Eduardo Mendoza y la felicidad en el arte

Disfruten la francachela

compartan el regolaje

exhiban su placidez

tan egregios personajes

Nemesio Cabra, Lepprince,

Doctor Sugrañes, Pomponio,

Gurb, comisario Flores,

Miscosillas y Magnolio

María Coral, Prullàs

Vallsigorri, Horacio Dos

¿Es que debiera extenderme?

(Mi prudencia dice: ¡No!)

Pero qué raro es, señores

lo que logra su autor

que es dar un buen repaso

al arte en su concepción

y dar al ingenio un uso

que poco creador usó:

utilizar de otro modo

el ingenio en la ficción

buscar lo que todos buscan

y alguien a veces halló.

Pues el arte, ya sabemos

persigue la reflexión

el símbolo, el retrato

el homenaje al patrón

lisonjear al mecenas

que orgulloso apoquinó

pintarnos la sociedad

reseñar los peores vicios

despertar la admiración

por lo bello y lo bendito

o a los santos implorar

o compulsar testimonios

o ser la posteridad

o llenarse los bolsillos.

¿Por qué no más a menudo

el arte es fundamental?

¿Por qué no busca aquello

que anhela cualquier mortal?

Suena fácil: un resquicio,

un bocado, un pedazo,

un trozo, un adarme, un rato

de simple felicidad.

Pocos son quien la consiguen

con tanto gusto entregar.

¿No se le debe a Mendoza

justa reciprocidad?

Sin ser cursi, ni engolado,

ni pedante, ni engreído

consigue hacernos reír.

¡Falso! Es eso y es más,

mucho más de lo antedicho.

¿Cómo buscar las palabras

que escapan del normal juicio?

¿Cómo no hacerse odioso

con tanto palabrerío?

¿Quién decide dar a luz

a un detective loco

que retoza en lo más bajo

y se expresa en gongorino?

Flor y nata de las letras

es Mendoza y es sabido

que su gran literatura

perdurará por los siglos.

El Cervantes me parece

galardón equitativo

para quien tantas y tantas

veces nos dio tales regocijos.

Y es que también Don Miguel

(no era manco el individuo)

era un imán para musas.

Jugaba muy parecido.

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