Efecto Berta

La suerte no existe. No es verificable, no es comprobable más allá de la fe y el anhelo. No hay un solo dato que nos demuestre que hay un manto de casualidades buenas o malas y que éstas velan por nosotros para beneficiarnos o perjudicarnos.

Existe la posibilidad de decir que alguien ha tenido suerte porque ha gozado de una circunstancia que muy pocas personas han podido disfrutar (lotería) o porque se quiere rebajar el mérito de lo logrado con una palabra que significa que no existe el mérito sino la predeterminación (envidia).

No nacemos con un destino sino en mitad de un accidente rodeado de particularidades que facilitan o dificultan nuestro paso por el mundo. Y evidentemente en ello tenemos mucho que ver. No todo, mucho. El resto nos viene impuesto en diferentes grados. Hay imposiciones que son más intensas y las hay que casi ni nos rozan. Pero en muchos de los casos la cantidad de esfuerzo y trabajo que seamos capaces de desempeñar nos harán obtener un fruto u otro.

Quienes hayan seguido este Blog con cierta atención habrán comprobado que tengo cierta tendencia a inventar mecanismos de la personalidad y síndromes (véanse Efecto Mitchum o El complejo de Transfer) para no aburrirme.

Traigo hoy el Efecto Berta y es positivo, pero nunca debemos abandonarnos a él porque ello entrañaría un grandísimo riesgo. Algunos lo llamarán suerte. Yo, sencillamente, lo veo como una de las millones de microeventualidades que nos pasan a lo largo de la vida. Pero hablamos aquí de una microeventualidad llamada a dar a la existencia un giro copernicano, a remover de arriba abajo lo que eres y serás. Para ello se tiene que dar forzosamente un requisito tan imprescindible como impertinente: que el sujeto pasivo haya tenido un pasado demencial.

Un pasado terrible, oscuro, pavoroso, ante el que nos asaltan algunas dudas. ¿Ha hecho algo por evitarlo? ¿Tenía la opción de hacer algo por evitarlo? Es más, ¿era consciente de sus padecimientos? En muchos casos, posiblemente la respuesta a estas tres preguntas sea No. Dándose esa situación, no sería difícil inferir que el sujeto podría morir en la ignorancia, desinformado del exterior y por lo tanto desconocedor de que existen condiciones de vida superiores a la suya. Pienso que el caso que mejor ejemplifica un tipo de supervivencia tan miserable es el de un esclavo. Nacido esclavo, morirá esclavo después de haber visto la vida a través del filtro de la esclavitud.

Ahora imaginemos que ese esclavo es tocado por una varita mágica y puesto en libertad. No ha hecho nada para ello más allá de trabajar duramente, descansar cuando podía y recibir de vez en cuando alguna paliza de su amo. No la varita, ni el hada, sino ese toque mínimo es el Efecto Berta. Un topetazo cósmico que lo cambia todo, una especie de Deus ex Machina privado.

Creo que sólo conozco a una persona que haya disfrutado de este Efecto y no es una persona sino un perro. Su perro, Hans.

Hans tiene seis años y los primeros cinco años de vida los pasó en las condiciones más deplorables que se puedan imaginar. Atado a la caseta de una finca con una cadena que desgarraba su cuello a cada movimiento, dejado a la intemperie en lo más crudo del invierno y bajo el sol más sofocante, mínimamente saciado a base de agua que rebosaba un bebedero siempre sucio y lleno de insectos, expuesto a las alimañas contra las que, encadenado, poco o nada podía hacer (no mide más de tres palmos de largo) y, por supuesto, víctima de continuos golpes por parte del dueño que de vez en cuando daba vuelta por la finca. Hans siempre estuvo allí y siempre recibió eso.

Hasta que Berta, mi hermana, lo acogió a través de A.D.A.L.A. una protectora de animales que había tenido noticia de sus condiciones. Él nunca había vivido otra cosa que penuria y violencia y aún así no costará demasiado creer que quería a su dueño. Lo temía pero era el único con el que tenía un contacto más o menos continuado. Pues bien, mi hermana no es sólo generosa (obviamente lo es) sino muy dulce y paciente, por lo que derribó esa frontera. No olvidemos que se enfrentaba a la víctima, desde su nacimiento hacía cinco años, de un maltrato sistemático. Un perro llegado a la mitad de la vida que en el mejor de los casos habría cogido una pulmonía o un parásito que lo matara rápidamente y en el peor de los casos habría llegado a viejo envuelto en terribles agonías.

Después de toneladas de perseverancia, algún disgusto y mucho amor, hoy Hans es un animal absolutamente feliz. Un perro cariñoso, sano y bien educado. ¿Hizo algo para llegar al punto en el que se encuentra? No, porque ni siquiera sabía en qué punto se encontraba.

¿Debemos renunciar a intentar mejorar nuestra situación, sea la que sea? Sería idiota si dijera que sí. ¿Es imposible mejorar nuestra situación, por mala que sea? No y siempre no. Pero, ¿y si, como en el caso de Hans, no somos conscientes de ésta? Pues en ese caso es posible que alguien lo haga por nosotros.

Y esto ¿para qué nos sirve? Para nada, pero a quien provoquemos ese Efecto le puede suponer todo. ¿Y cuándo podemos ponerlo en práctica? No es excluyente, ni hace falta que se produzca una sola vez. Y quizá en el fondo no tenga por qué tener consecuencias tan gigantescas. Podemos y debemos causar en los demás pequeños, pequeñísimos, microscópicos Efectos Berta varias veces al día, todos los días del año, durante todos los días de nuestra vida. ¿No sería un deber digno de ponerse en práctica?

 

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