Efecto Mitchum

“Apréndete el papel y procura no tropezar con los muebles”. Es una de las perlas que Robert Mitchum dejó para la historia de la indolencia al ser preguntado sobre cómo se preparaba para actuar.

Y eso resume toda su carrera. Bien, a partir de aquí esta entrada es pura morralla prescindible, pero no me resisto a escribir sobre el Efecto Mitchum. Y ¿qué es eso? Pues algo que me acabo de inventar y que en mi opinión explica la victoria de una de las cimas (y las simas) del arte de todos los tiempos: Hollywood.

– ¿Qué tal actor fue Robert Mitchum?

– Muy malo. Bueno, no, tampoco es que fuera malo. Es que simplemente no actuaba.

– Pero el tipo tenía algo que hacía que la cámara lo quisiera. ¿No? Supongo que sí.

– Que los grandes directores y estudios del momento requirieran su gélida expresión así como su mirada de becerro somnoliento significará algo, digo yo.

– Que era guapo.

– Guapos eran Robert Taylor, Tyrone Power o Errol Flynn. Pero… ¿Mitchum?

– Y yo qué sé, yo no sé nada de hombres guapos, no puedo juzgar eso.

– Entonces ¿por qué fue Mitchum una estrella del cine?

– Deja de preguntarme chorradas. Digo yo que tendría algo, y punto.

Algo. Me voy acercando a lo que quiero decir. Un pronombre indefinido que engloba la infinidad y la nada simultáneamente, la inexactitud hecha palabra. Y, en el caso que nos ocupa, la indeterminación mutada en éxito planetario. “Sólo tengo dos modos de actuar: uno es a caballo, el otro, no”. Sigamos. Quien haya visto Encrucijada de odios, Retorno al pasado, Cara de ángel, Río sin retorno, La noche del cazador, La hija de Ryan o Dead Man, lo sabe. Y por cierto, su elección para La hija de Ryan, una de las mejores y más denostadas películas de la historia (industria y crítica tenían que castigar al excesivamente triunfal David Lean) me parece un ejercicio de riesgo sublime: que uno de los mayores casanovas del siglo representara a un cornudo me parece un formidable suicidio empresarial. En este largo se diría que Robert Mitchum, por momentos, incluso actúa un poco.

A lo largo de la historia el carisma se ha visto fuertemente asociado al éxito militar. Eran los generales victoriosos quienes, casi exclusivamente, podían aspirar en Roma al cargo de cónsul y, con los siglos, al de emperador. Un cursus honorum cuya unidad de medida era el litro de sangre enemiga. Pero ese carisma se basaba en booms de popularidad mucho menos inasibles que los de Hollywood. No en vano las crónicas relatan (convenientemente adulteradas, claro está) lo mucho que el general de turno quería a sus hombres, el predicamento que entre ellos tenía o la cercanía con que se relacionaba con la tropa. Los emperadores basaban su encanto en algo tan prosaico como los regalos al pueblo, y no pienso citar a Juvenal. Más allá de las conquistas militares, unos buenos juegos procuraban la gloria (y con cierta periodicidad la crisis económica posterior, pero eso ya daba igual).

“No me gusta ver mis películas. No me pagan por verlas”.

La desfachatez retratada en veinticuatro fotogramas por segundo, una nueva excepción que podemos agradecer al concepto de glamour. Tan sólo un siglo antes, individuos como Poe o Baudelaire se identificaban con lo tenebroso, lo torvo, lo dañino, lo toxicómano, y tenían un público básicamente underground. Pero no hubo que esperar a que Bobby naciera (1917), porque ya los adanes y las evas del cine coqueteaban con todas las sustancias peligrosas del mundo. Sólo que, ahora, eran verdaderos héroes, a diferencia de los desprestigiados escritores antedichos. Excelentes campañas de promoción se habían encargado de ello aunque, la verdad, sería un poco decepcionante que el Efecto Mitchum hubiera nacido en un gris departamento de marketing. “¿Para qué voy a escribir mi autobiografía? La policía de Los Ángeles la tiene”. Sea como fuere, un mujeriego, bebedor compulsivo y fumador de marijuana se convertía en un ídolo para millones de chicos y chicas, y traspasaba las fronteras de la mano de otros coetáneos como Peck o Douglas (si bien estos últimos sí actuaban).

Efecto Mitchum no es exactamente el cine, puesto que ese arte engloba muchas más nociones, sino la magia que habita en una pantalla y cae como un colirio invisible sobre las retinas de alguien sentado en una butaca y que se olvida de su vida. Él es la punta del iceberg de un fenómeno que alguien llamó muy acertadamente star system; puedes mirar las estrellas embelesado un buen rato por más que, objetivamente, sea un peñazo hacerlo. Fenómeno que compartió con rutilantes astros de su momento, como lo fueron Victor Mature o Alan Ladd. Impávidos. Pétreos. Berroqueños. E incluso Bogart, y temo estar diciendo alguna blasfemia, gozaba ligeramente de esta característica (evidentemente él está en otro nivel, en otra liga, en otra galaxia). Luego vino Brando y puso las cosas en su sitio por unos cuantos años.

Pero Bobby es el arquetipo: no eran bellos, vivían como calaveras, eran perezosos, subestimaban su propio trabajo y actuaban peor que mal. Y sin embargo tenían algo. Dejaré de decir que tenían algo, porque lo que tenían y tienen es, en realidad, el Efecto Mitchum.

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