El derecho de Prince

Y subiendo esta entrada es cuando empiezo a perder algún que otro lector. O muchos. Mala suerte, pero es que si no la escribo reviento.

A tenor de la muerte de Prince, de la que hoy hace una semana y un día, he leído varios comentarios que han hecho que me removiera inquieto en la silla. El asunto que ponían en cuestión era su olfato como empresario en el proceloso mar de la música, y a poco olfato que se tenga en el proceloso mar de la lectura se podía leer entre líneas que los plumillas le afeaban su actitud. Su conducta fue poco inteligente, venían a decir. Con las debidas sutilezas, claro. Ser demasiado directos no hubiera quedado bien porque aún era pronto: su fiambre todavía no había adquirido la tonalidad púrpura.

En resumen, la crítica venía a ser la que se arroja contra un talento malgastado por no haberse plegado a los términos de la industria musical. Eso, hasta cierto punto, lo puedo entender. Es verdad que en las últimas décadas había perdido una gran visibilidad. Algo no encajaba. Por otra parte, su negativa a aparecer en Internet ha atraído también los colmillos de los críticos. Y también lo puedo entender, qué diablos. Por hablar solamente de sus coetáneos, Michael Jackson, Madonna o Springsteen han seguido figurando en lo alto, mientras El Artista, pese a nunca perder su halo de genialidad, sucumbió a una cierta oscuridad mediática.

Sin ser yo su mayor fan, sí es cierto que me agradaba mucho. Había algún disco por casa y lo escuchaba de vez en cuando. Y, desde luego, le profesaba una enorme admiración como compositor y sobre todo como el tremendo multiinstrumentista que era, como hice constar en un obituario para Las Armas.

Pero su comportamiento de cara a su propia promoción, aunque pueda dejarme el regusto de cierta tristeza por lo no disfrutado, también me hace sentir culpable por mí mismo. Quiero decir, Prince tuvo una década gloriosa e hiperproductiva seguida por dos décadas gloriosas e hiperproductivas… pero ocultas. Bien, desde los ochenta existía un buen cebo, eso es innegable. Mi sensación es: “Guillermo, tú te lo perdiste. Culpa tuya”.

Y voy llegando al meollo. Las críticas que esta semana he leído, y me ponen del hígado, son las que cuestionan sus jugadas de un modo en que lo ponen prácticamente de tonto para arriba. ¡¿Cómo?! Houston, tenemos un problema. A ver si nos queda claro. Los derechos de autor pertenecen al autor. Y ya puestos, los de imagen. Qué perogrullada, ¿verdad? Pues muchos no lo entienden. Existe una línea de pensamiento en virtud de la cual una canción que te gusta mucho, ves mucho en Youtube o tiene mucho significado personal para ti, es tuya. Gracias por nada, Internet.

Se ha llegado a un punto en que se habla del trabajo de los artistas como si fuera el nuestro propio. Así, se emplean sin rubor los parámetros personales para decidir qué hacer o no hacer con una canción. Ver vídeos de Prince en Internet era tarea harto complicada, así que menudo bastardo, ¿no?

¡No!

Escribe tú Kiss, Purple Rain, Blue Light o Little Red Corvette y límpiate el culo con ellas si es que son el fruto de tu trabajo. Esto es así de triste. El arte está tan devaluado que a los creadores les organizamos hasta las finanzas. Hay un soniquete que me irrita particularmente: “Los artistas tendrían que cobrar por los conciertos, no por los discos”. Me parece bien, en la medida en que los taxistas cobren por llevar a calles y no a avenidas, los camareros por servir vinos y no cervezas y los podólogos ganen dinero vía callos pero en ningún caso por curar los juanetes.

“Es que los artistas se tienen que adaptar a la tecnología. Si no, ellos mismos se están arriesgando. Si no saben promocionarse es culpa suya y de nadie más”. Supongo que, para no abandonar esa escuela filosófica, los que se mueven en ese concepto asaltarán una tienda cuando vean que la regenta una persona mayor o débil. ¿No? Y si no, que se adapte. ¿NO?

El truco es, y perdón por la insistencia, Internet. Porque resulta que el taxista no te puede llevar a casa por Internet, un perfil de Facebook nunca te va a poner una caña y a tu abuela no le rasparán las durezas de los talones con un e-mail. Si no, todos esos servicios ya hubieran sido robados. Perdón ¿cómo se decía? Ah, sí. Compartidos o descargados.

Como siempre, me desvío del camino por el que quería ir, pero es que esta cuestión me irrita profundamente. En esto, amigos, soy ultraliberal. Soy el Donald Trump de los derechos de autor. Soy Pete Townshend clamando por sus privilegios a la hora de vender My generation a la maldita Coca-Cola, por más que esa canción te recuerde que en algún momento fuiste un nene. Y para todo lo demás, los impuestos. Que los frían a impuestos. Que nos crujan a todos. Cuantos más, mejor, y lo digo sin asomo de ironía, sino con toda la intención de la izquierda política. Los mejores sitios para vivir son aquellos en los que la sociedad contribuye a la causa común. Y casualmente en esos sitios el respeto por los designios de los creadores es poderoso.

Pero el resultado de tu trabajo creativo te pertenece a ti, y aunque al planeta lo devore un agujero negro mañana por la tarde, esa canción la has escrito tú, sentado en tu cama, rasgueando tus acordes como un pardillo y escribiendo en un cuaderno cutre mil chorradas de las que con suerte a la vuelta de dos semanas se salvará una.

Y si quiero oír en Internet a Metallica, o a Miles Davis, o a Rosendo mientras pongo los garbanzos a remojo seré feliz de poder hacerlo. Pero si un señor como Prince decide que su música es tan maravillosa que precisa que su oyente se sienta especial porque ha pagado por oírla, seré feliz de que él, o ahora que no está, los otros Prince del mundo, puedan ejercer ese derecho.

Ya está. No os imagináis lo ancho que me he quedado.

3 Comments

  • Era broma. También yo pienso que Prince podía hacer lo que le saliera del cíngulo (púrpura) con su música. Aparte, escucharla en la red no era difícil. Vete a Tidido y ya verás.

    • Muchas gracias por tus palabras, querido Purple. Pero si te digo la verdad yo sí tuve algún problema alguna vez para escuchar sus canciones. En todo caso, ¿eso de Tidido no es un tanto minoritario? Reconozcamos que al tipo no le gustaba que la gente accediera a su música a lo loco (cosa que obviamente me parece muy bien).

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *