El rapto de Europa

Es difícil saber si Europa existió alguna vez más allá del proyecto que alguna vez ocupó el corazón y la mente de determinados hombres excelentes, como Víctor Hugo, Coudenhove-Kalergi o Altiero Spinelli. Tres hombres que representan, en mi opinión, lo mejor de aquel sueño ahora extinto. El autor de Los miserables hacía honor a su condición de romántico en el Congreso Internacional de la Paz que tuvo lugar en 1849 en París: “… del mismo modo en que Normandía, Bretaña, la Borgoña, Lorena, Alsacia, todas nuestras provincias se integraron en Francia, llegará un día en que las balas y las bombas serán reemplazadas por los votos, por el sufragio universal de los pueblos, por el venerable arbitraje de un Senado soberano que será para Europa lo que el Parlamento es a Inglaterra, lo que la Dieta es a Alemania, lo que la Asamblea Legislativa es a Francia…” Coudenhove-Kalergi llevaba la mezcla en la sangre e ideó el modo de plasmarla sobre el papel. Había que estimular a las fortunas y al poder político. Había que crear una Europa unida, para lo cual hacían falta instituciones que buscaran y dieran vigor a los puntos en común. Era necesario no repetir el descalabro de la Primera Guerra Mundial. Y cuando el descalabro se repitió héroes como Spinelli, del Partido Comunista Italiano, que ya se había visto privado de libertad durante el fascismo, siguió siendo un preso con el posterior desarrollo de la guerra. Ellos creían en una Europa cohesionada, fuerte y pacífica, como el que cree en Dios. Era una cuestión de necesidad. Era preciso devolverse a sí mismos, frente a los acontecimientos históricos trufados de disparos, egoísmo y gas, la esperanza de un lugar en que vivir con una cierta armonía.

Posteriormente ese idealismo se fue alimentando de la leche que manaba la Guerra Fría y fue desarrollándose como contrapunto a la amenaza soviética (contrapunto a su vez impulsado por la necesidad de gestionar conjuntamente, mediante la OECE –Organización Europea de Cooperación Económica- los 17.000 millones de dólares del Plan Marshall). Visto con perspectiva, el viejo bosquejo europeo conocía una evolución lógica, pues se adaptaba a las circunstancias imprevistas décadas atrás. Por supuesto hubo interferencias. Políticos reticentes, empresarios escépticos y una población medianamente informada. Las posturas más significativas tomaron cuerpo, englobándose en dos facciones diplomáticamente irreconciliables, desde que funcionalistas y federalistas se constituyeron cada vez con más solidez en tendencias con un corpus ideológico claro. Partidarios los primeros de implementar políticas puntuales, casi al albur de los sucesos que acaecieran, y defensores los segundos de una pérdida de soberanía a favor de la gran quimera paneuropea, cada cual fue tomando posiciones en su trinchera. Pero trocear el imperio de las naciones en su propio territorio era empresa demasiado quijotesca y triunfó el sacro egoismo que tan bien encarnara Mussolini anteriormente. En cualquier caso, las tensiones bélicas habían desaparecido y se impuso la psicología y el pensamiento histórico: unas condiciones como las del Tratado de Versalles no se podían repetir, así que una interiorización unificadora de derrota-victoria global se instauró en los europeos. Y ese tronco común podía dar muy buena leña, como así fue. Los años más dulces fueron según mi punto de vista aquellos en que los políticos aceptaron las propuestas del empresario Jean Monnet de trasladar la organización de sus acerías, de funcionamiento supranacional, al rol del estado. Si esto se podía hacer con el acero y el carbón del Valle del Rin, del que Alemania, Bélgica y parte de Francia eran soberanos, ¿qué no se podría hacer en adelante? Pero para eso había que dar un paso previo.

Había que perder.

Sí, había que perder, había que regalar, había que ceder parte de la soberanía. Oigo en 2016 enconados debates en que se sobreentiende que esa pérdida de soberanía es el peor de los males que les puede suceder a los estados. Y ese sobreentendido es peor que el rapto de Europa, es su muerte. Sin partir de ese concepto no se hubiera proyectado el desarme arancelario y la unión efectiva que éste produjo entre Italia, Francia, Alemania, Bélgica, Holanda y Luxemburgo. La historia de la Unión Europea es hermosa y está llena de altibajos, pero la línea temporal se va degradando como un cuerpo corrupto. ¿Morirá? Quiero seguir pensando que eso no es posible, pero lo hago desde el descreimiento por todo lo que veo, aunque sé que tengo que hacer el esfuerzo. Para ello me baso sólo en un homenaje privado a la memoria de Víctor Hugo, Coudenhove-Kalergi, Aristide Briand, Robert Schuman, Jean Monnet, Konrad Adenauer o Altiero Spinelli, entre muchos otros. Una milésima parte de su recuerdo tiene más peso que todo el enjambre de chupópteros que revolotean en Bruselas.

Ellos han llegado al abismo más bajo. Han escupido en la huella, en el sudor y en los años de presidio de los grandes hombres que arriba menciono. Han raptado su obra. Han quemado los Tratados que los llevaron a sus butacas para calentarse las manos y se han tirado un pedo mientras sonaba el Himno de la Alegría. El estruendo de los 6.000 millones de euros cayendo céntimo a céntimo desde el vecino turco a cambio de meter los problemas debajo de la alfombra es la banda sonora que a partir de ahora tendría que sonar en los minutos de silencio por las víctimas de los campos de concentración, esos repugnantes actos de frío cinismo a los que asistíamos a través de las pantallas. Esos presidentes taciturnos, compungidos, en esos contextos siempre gélidos, apostados tras un atril adornado con la bandera de la Unión Europea y leyendo esas palabras primaverales sobre la fraternidad y blablablá. ¿Qué han significado esos actos sino la constatación de un doble filo? ¿Esto era Europa? Cuántos hombres de bien habrían vomitado si hubieran visto estos deplorables espectáculos.

No termino de ver la diferencia exacta entre hacer una transacción que involucra simultáneamente dinero y personas, y la práctica de la esclavitud (supongo que, ya puestos, nuestros amados líderes también habrán asistido alguna vez a algún acto contra la misma). Por cierto, la prohibición de la esclavitud y del trabajo forzado es uno de los chistes que aparecen en la Carta de los Derechos Fundamentales de la Unión Europea de marzo de 2010. Sí, aquella cuyo preámbulo reza que consciente de su patrimonio espiritual y moral, la Unión está fundada sobre los valores indivisibles y universales de la dignidad humana, la libertad, la igualdad y la solidaridad, y se basa en los principios de la democracia y el Estado de Derecho. Al instituir la ciudadanía de la Unión y crear un espacio de libertad, seguridad y justicia, sitúa a la persona en el centro de su actuación.

La tentación a la que muchos sucumben es berrear que en Arabia Saudí o en los Emiratos Árabes hay espacio y dinero, que los refugiados debían haberse dirigido allí. Mis simpatías por esos regímenes son nulas pero por lo menos en las bocazas de los jeques no chapotean palabras tan hipócritas como libertad, igualdad y solidaridad. Solidaridad. Solidaridad. Solidaridad: 6.000 millones de euros para que se ocupe de vosotros un régimen en que los derechos humanos a menudo brillan por su ausencia. Caló ese cuento de la invasión de las hordas terroristas, convenientemente propagado por los detractores de la ayuda a la gente que se muere de frío. Ancianos, niños, recién nacidos aterradores que venían a luchar contra nuestras flamantes libertades debían padecer el hambre, el frío, el hacinamiento y la muerte en la puerta de nuestra mansión. ¿Esto es Europa? Esto es el rapto de Europa. Según unos fue raptada por los minoicos y según otros lo fue por Zeus transfigurado en toro blanco. Según Guillermo Sancho ha sido raptada por el Consejo y el Parlamento, transfigurados en hijos de puta. Pero los cerdos que la gobiernan no raptarán mi juicio: Europa sigue siendo una bellísima aspiración.

P.D.: Escribo esta entrada después de los terribles atentados terroristas que han costado la vida a treinta y cuatro personas en Bruselas. Y pienso si no sería más prudente no escribirla, por no recriminar la conducta de Europa cuando acaba de sufrir un ataque en su propio corazón, y porque quizá en un momento tan sensible no sea adecuado hacer una defensa de un grupo humano que en su mayoría comparte fe con los terroristas. Dos consideraciones: a) nada en contra de los europeos sino de quienes conforman sus órganos dirigentes (con todas las salvedades, por supuesto) y b) identificar a las personas que huyen de la guerra con los que la han impuesto en su tierra de origen y quieren imponerla aquí sería, precisamente, participar del macabro juego de los que defienden cambiar dinero por personas a Turquía como si fueran cromos. Menos mal que no me he detenido; eso me hubiera convertido, al fin y al cabo, en un secuestrador más.

 

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4 Comments

  • Solamente preguntar, por qué la vergüenza se atribuye siempre a Europa? Y los países chupis, Canadá, EEUU, Japón, China, Corea, Australia, etc etc? Tenemos nosotros más responsabilidad con la población siria por alguna razón? Malvados e impúdicos, sí, todos. No sé.

    • He hablado de Europa porque soy europeo, y porque se ha pervertido un proyecto que en países como China o Australia nunca existió (tampoco tenía sentido que existiera, probablemente). Aquí debo citar a la filósofa española por antonomasia: “A una la duele lo que pare” (Belén Esteban).

  • No se como expresar lo q siento al leer tus palabras …admiro profundamente a personas q son capaces d poner voz a lo q la mayoría pensamos. ..las voces del silencio …una canción q había escuchado muchas veces, ahora entiendo su secreto gracias por compartir tu Magia
    Eres un Duende d la libertad en la ciudad del viento

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