Fascinación y repugnancia. Un infierno voluntario.

Estos días he estado participando de/en uno de los espectáculos que, a partes iguales, más me fascinan y repugnan del género humano: he estado en la playa.

Yo no tengo nada en contra de la playa, lo único que puedo objetar al respecto es que estar en ella quince minutos es peor que arder en el infierno por la eternidad entera. Todo tipo de situaciones horripilantes se dan cita allí, pero la gente ansía padecerla y eso no puede dejar de fascinarme como fenómeno sociológico.

Otro aspecto que la gente incorpora en su ADN, además de sufrir voluntariamente de las vicisitudes de ese lugar, es responder a mi litoral desagrado con el dato de que yo en realidad nunca he estado en una playa como dios manda y que hay playas y playas (es en ese momento en el que sale a relucir la palabra mágica, la que se supone desactivará mis reticencias: cala).

Es algo semejante a lo que me sucede con la cebolla. Yo odio la cebolla, toda la vida la he odiado y la odiaré por siempre jamás, pero ante ese recelo cebollófobo siempre hay un defensor de guardia dispuesto a iluminarme con una capa más de sapiencia. La artillería pesada en este caso suele ser la cebolla de Fuentes, que sí o sí me ha de gustar. Es decir, no existe la opción de que no me guste el concepto de cebolla, porque hay una de sus mejores versiones acechando para mí, sólo que yo no la he conocido (obviaré ese episodio de mi vida en el que una natural de dicho municipio insistió tanto en las virtudes del producto, y en que debía probarlo para poder hablar de él, que acabó barrenando las defensas de mi gastrovoluntad y me hizo consumir una tostada con mermelada elaborada a base del antedicho manjar. Mis vaticinios, expuestos ante ella antes de emprender la consumición, se cumplieron sobre sus zapatos en forma de vómito ante su gesto de aceptación dócil de la fatalidad).

Con la playa es igual. Los guardianes de mi gusto saben a ciencia cierta que me satisfará la noción platónica del paraje que nos ocupa. Una playa con poca gente, palmeras, agua cristalina y caipirinhas en una tumbona. Y que ese ambiente platónico no sólo me satisfará sino que además me relajará.

Yo estoy dispuesto a admitirlo, claro que sí.

Con un insignificante matiz, acaso. Y es que para que estar en la playa sea una experiencia agradable sólo planteo, a los ya mencionados, unos requisitos sin importancia. A saber:

– Que no haya cuerpos de personas merodeando a menos de mil metros de mi cuerpo.

– Que alguien de mantenimiento quite el salitre al agua.

– Que no haya un sol en el cielo ni ninguna otra estrella sustituta en régimen de interinidad.

– Que no haya olor a crema de protección solar.

– Que no haya arena.

– Que no haya nada.

En un sitio así yo podría estar sin mayores problemas. Pero no. Ese espacio se empeña en no ser así. Y además tiene la manía de condensar determinados abismos:

– Tatuajes.

– Horterez.

– Multitudes.

– Burbuja de la construcción.

– Incitaciones al consumo que acaban pero nunca empiezan con signos de exclamación (Mojito natural!)

– Canciones innombrables varias veces al día y sin un motivo aparente.

– Flaccideces, adiposidades, extremidades varicosas y cuerpos amorfos en general. Carnoso, todo muy carnoso.

– Gente con cara de no disfrutar demasiado salvo en el momento de hacerse una foto a sí mismos.

– Familias llenas de móviles.

– Actividades divertidas planteadas por los hoteles adyacentes.

Esto es la playa para mí. Una coreografía cetácea universalmente asumida en aras del supuesto descanso de paisanos que en otros ámbitos de la vida manifiestan buen gusto e inmejorables intenciones. No pasa nada, también es un espacio con aspectos positivos para la salud. Y para la economía del país (que no para el modelo económico, pero eso ya tal).

Me reservo mi derecho a ir a la búsqueda de una brisa marina, un agua y un suelo recomendables para los pulmones, la piel y los pies de mis hijos. Pero también me reservo el derecho a personarme en ese ecosistema con camiseta de manga larga, gorra, gafas de sol y careto de mala virgen.

Por lo menos mientras no quiten la arena.

 

2 Comments

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *