La deriva y la guinda

Donald Trump, Adolf Hitler, Benito Mussolini and Josef Stalin

No se puede decir nada nuevo sobre el tema a no ser que se diga en marciano. Pero tampoco se puede uno abstraer de lo acontecido esta semana.

Qué miedo.

No, no, no exagero. Qué miedo de verdad. No me gusta emplear los trazos gruesos cuando se habla de política, principalmente porque no sé casi nada de política y siento cierto rubor. Por ello no me gusta que la gente haga comparaciones absurdas entre Rajoy y Franco, o Pablo Iglesias y Stalin. Por varios motivos, pero sobre todo porque los dos se han presentado a unas elecciones. Y principalmente porque bajo su férula no han muerto millones y millones de personas.

Por eso me tiento mucho la ropa antes de decir según qué chorradas. En primer lugar porque no son ciertas, y en segundo lugar porque no quiero echar más leña al fuego en una situación en la que encuentro que la gente está como monos en una jaula. En una jaula2.0, quiero decir. Y luego me arrepiento un poco, porque pienso en lo fácil que debe ser posicionarse férreamente en un torreón ideológico y no moverse un solo milímetro de allí. Y no moverme de ese puesto defendiéndome a base de mandobles basados en conceptos trillados y adscripciones presupuestas.

Toda esta introducción para intentar dejar claro que no comulgo con los maximalismos. Pero aquí no puedo evitarlo: siento miedo real. Y en vista de cómo se desarrollen los acontecimientos pasaré a tener pavor, aunque de momento voy a dejar un hueco para la perspectiva fría. Tampoco comulgo con la idea de ceder al pánico ante los futuribles.

De momento me hago una pregunta. ¿Es la elección de Donald Trump como presidente de Estados Unidos la guinda de una deriva totalitaria a nivel global? Piensa uno que si todo se detuviera aquí podríamos hablar en un futuro de una época en la que el planeta cedió a los impulsos del odio, y que probablemente en ese futuro hipotético sentiríamos algo de vergüenza por todo lo que pasó. Que Trump fuera la guinda sería, pues, el final de una terrible pesadilla.

Pero me veo inclinado a pensar que no. Al norte de los Pirineos tenemos un claro ejemplo de lo que se nos puede seguir avecinando y al norte del estrecho de Calais tenemos el resultado de lo que ya se ha avecinado. No es el único, pero sí el más próximo. No entiendo de política, insisto. Pero de historia sí, aunque sólo sea un poco más. Y lo único que me queda claro de esa disciplina es que las personas que la viven no son conscientes de que sus pequeñas historias conforman la Historia. Rara vez se es consciente de ser contemporáneo de un hecho histórico hasta que no se ve ese momento a través del gran angular que proporciona el paso de los años.

Los fascismos, desde el húngaro Miklós Horthy hasta la guinda de Hitler, se deslizaban por una rampa mientras la gente que los padeció subía por una dura cuesta. ¿Qué más necesitaba esa gente que una pomada para su ánimo? Los felices años veinte no fueron tan felices, sino el preámbulo de un laberinto inabarcable, pero ellos no lo supieron hasta que fue muy tarde. ¿Sabemos algo nosotros?

No puedo evitarlo, veo a Donald Trump y me doy de bruces con el gesto irritado, torvo, de Mussolini, y la gesticulación sobreactuada e imperativa de Hitler. En ambos, el arma del desprecio en base a una teórica superioridad nacional, por medio de medidas extremas y promesas de urgencia. En el primer caso se venía de una postguerra mal digerida y en el segundo de la misma postguerra mal digerida aderezada al final con la retirada del crédito extranjero. Sin él, se hacía imposible la supervivencia de Weimar, a menudo sostenida por coaliciones precarias y agredida por continuos estallidos de violencia. Un Reichstag con alergia a las sesiones plenarias no ayudó a solucionar la situación, y la necesidad de un líder enérgico era una cuestión de vida o muerte. El miedo al contagio comunista era la otra gran herramienta. Quien fuera, dotado de un poderoso carisma, solo necesitaba buscar un causante de todos los males y proponer soluciones inmediatas, cimentadas en la autoconfianza que procura la supremacía. Todo esto nos suena.

Quiero pensar en las diferencias, porque las hay. Estados Unidos no ha sufrido recientemente una guerra en su solar ni cerca del mismo, y su sistema democrático se basa (por más que podamos decir que esto sea cuestionable) en unas sólidas instituciones. Esa solidez institucional tiene una importante base en la confianza de su pueblo, cosa que en Europa sucede en un grado mucho menor.

Se ha dicho hasta la saciedad que Trump era el candidato que luchaba contra el establishment. A otro perro. En el país en que el dólar es religión y la imagen el canal de comunicación primordial, ¿alguien se cree que un multimillonario sumamente mediático esté fuera del sistema? ¿Que no le debe nada a nadie? Eso sí, lo que nadie le impedía era vender esa idea de sí mismo, y conectarla con un pueblo ansioso a través de un mensaje apocalíptico. De una idea perpetua de amenaza proveniente del exterior (no sé si llegó a hablar de las inmensas bolsas de hambre que existen en su país, o de la ruina que le puede sobrevenir a quien coge una enfermedad de largo tratamiento, problemas seculares). Bastaba con elaborar un buen discurso. Un sermón bien ejecutado presentándose como único defensor posible del lebensraum estadounidense.

Y un tono violento, que es lo que más me espanta. He oído a varias personas decir que al fin y al cabo, Trump habla claro y dice lo que piensa. Pues bien, cada vez me parece más peligroso lo que se quiere decir con esas expresiones. Gracias a no hablar claro se han evitado guerras. Diplomacia es no hablar claro y decir lo que se piensa pero no en el modo en que se está pensando. Dentro de dos semanas he quedado con mis amigos de toda la vida para comer y hacer el burro. Hablaremos claro, diremos lo que pensamos y seremos un poco animales. Porque podemos. En otro ámbito no podríamos, como parece que tienen claro la mayoría de los políticos. Esperemos que este se aclare con lo de hablar claro.

Pero, ¿por qué ha ganado con alegatos racistas, violentos, misóginos? ¿Tal vez porque la candidata era Hillary Clinton? Creo que Clinton no gustaba demasiado a casi nadie. Sabemos que ha apoyado guerras, que forma parte de la élite y que lleva demasiados años en lo alto (como muchos varones por otra parte, con la diferencia de que a ellos no se les tilda con tanta alegría de ambiciosos). Pero ella, en todo caso, no formaba parte de la deriva mundial que parece arrastrarnos al crudo fascismo que alguna vez se creyó enterrado.

De momento mi miedo es light. Miedo es lo que están sufriendo ahora en los huesos tantos mejicanos con la espalda todavía húmeda. Espero que este brío se detenga aquí. Espero que Trump sea la guinda del nauseabundo pastel que en estos momentos nos hace tragar la historia.

 

 

 

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