La muela

Ayer me sacaron una muela del juicio. Supongo que la mayoría de los que hayáis leído esta primera frase ya no estaréis leyendo la segunda en la que estáis. Bueno, si estáis es que sí. Al fin y al cabo, el dato ya no puede ser más irrelevante. A no ser que penséis que aquí vais a encontrar una interesante disertación sobre cirugía oral o periodoncia. Mentiría si dijera que sé mucho sobre estos temas, pero bueno, si dentro de cada español habita un seleccionador nacional de fútbol y un juez del Tribunal Constitucional, ¿por qué no abrir ahora el melón de albergar también un dentista? Pues porque esa no es mi finalidad de hoy.

Mi objetivo con esta entrada es postridiculizarme y precastigarme. Necesito hacer público escarnio de mí mismo, porque esto no acaba aquí, y es que habida cuenta de mi gusto por la simetría, hay otra muela esperando un destino muy semejante a la vuelta de unos tres meses. ¿Por qué se fustiga? Pensarán algunos. ¿Para qué un precastigo? Se dirán otros. Porque cuando hayan transcurrido esos tres meses quiero leer un texto admonitorio que me avergüence y que de alguna manera me inste a comportarme siguiendo las directrices de tres parámetros concretos. A saber: edad, estatura y vozarrón.

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1.81

Grave, por momentos atronador, y siempre sumamente viril.

Estas circunstancias me incapacitan para reproducir mi comportamiento de hace veinticuatro horas. O eso creía yo. Escribo como me podía dar una colleja, pero eso no es recomendable ahora por cuanto el impacto de mi mano se avecinaría peligrosamente a una zona de cierta sensibilidad nerviosa. Así que escribo y busco las palabras propiciatorias de una conducta más respetable a la vuelta del cuarto de año. Paso a enumerar aquello que juro por mi honor que no volveré a hacer.

  • No empezaré a consumir los antibióticos una semana antes de lo necesario. Para lo cual debo mantener la calma en el momento en que me digan que tendré que tomar antibióticos después de la operación, no una semana antes. Afortunadamente tengo el estómago de un toro y mi flora sigue intacta.
  • No patalearé. Esta cláusula incluye una subcláusula en virtud de la cual me prohíbo terminantemente volver a ser la única persona que ha extraído de la silla de dentista el protector de plástico para mantener la higiene en la zona del calzado. Son otras cosas las que hay que extraer.
  • No daré alaridos. Para, de este modo, no obligar al esforzado a la par que gentil Dr. Angulo a que salga a la sala de espera a calmar a los atemorizados pacientes. Así evito, por otra parte, que tenga que dar explicaciones médicas más allá de su obligación, puesto que tuvo que confirmar a un tembloroso señor que en la sala anexa no se estaba produciendo parto alguno. No sería la segunda, sino la tercera vez que logro generar esta situación, lo que me rebajaría a unas cotas de valor muy cuestionables.
  • No dañaré físicamente a nadie. En especial a mi chica, siempre bondadosa y fiel acompañante, así como a la compasiva y dulce asistente de la intervención (y seguro que asistente no es la palabra que debo emplear), porque sus manos son importantes para ellas y resulta inadecuado que yo haga puré con sus falanges. Gracias a la piedad de ambas no acabé en los juzgados aquella mañana.

Porque en el fondo y bien pensado, no es para tanto. Es más, no es para nada. Es más, la experiencia está pero que muy bien. Cinco (o mil, no lo recuerdo bien) leves pinchazos en la encía y una excitante sucesión de sonidos a modo de banda sonora molar. Tornos, raspados, golpes, todo muy estimulante. Como también lo es ese caloret producto de la entrañable fricción esmalte-torno, y en consecuencia el olor a socarrat bucal, una de las fragancias más agradables que he podido percibir jamás. Y todo ello sin olvidar ese festivo sirimiri de esquirlas de muela cayendo sobre mi mentón. También es muy entretenido el abrir un par de veces los ojos y presenciar un minigarfio ensangrentado en el momento en que vuelve a una encía ya hecha pulpa. Os aconsejo también que, si os tenéis que hacer alguna vez una extracción, hagáis como yo y tengáis la muela muy, muy metida en las fauces, para que a la hora de sacar las raíces haya que hacer palanca. ¡Ah!, y que la tengáis tumbada sobre un nervio que suponga el riesgo de dejaros en modo Stallone en caso de ser dañado. Eso siempre le da un toque de aventura y misterio que nadie debería desdeñar.

Así que, en vista de todos estos maravillosos alicientes, me voy a obligar a mí mismo a esperar ansioso la vuelta a la mina. Leeré este texto horas antes de asistir a tan esperada sesión para recibir el cálido aliento de mi yo de ahora, a la manera en que los escoceses eran espoleados por el ínclito William Wallace. Yo, Guillermo, seré mi propio William.

No quiero, porque sería muy injusto, que este post se quede en una mera autoinvitación a la futura valentía. Así que aprovecho para agradecer a Jorge Angulo, Pilar Giménez y Miriam Huerta su paciencia, mansedumbre y estoicismo en circunstancias muy difíciles, exclusivamente propiciadas por un servidor. Hago extensivo el agradecimiento a todo el personal de la Clínica Angulo, donde no sólo me siento siempre profesionalmente muy bien atendido, sino personalmente muy mimado. Y eso para pacientes aprensivos es impagable.

Horace Wells: el más grande
Horace Wells: el más grande

Ya que me pongo sensiblón con los agradecimientos, ampliaré mi gratitud a Horace Wells (1815-1848), dentista estadounidense que empleó, por primera vez, la anestesia en el campo de la odontología. Sin su aportación, antes de ser intervenido me hubiera tenido que atizar una botella de whisky a deshoras, siendo que no me gustan ni el whisky ni las deshoras. También agradezco a Metallica que compusiera Enter Sandman, en cuyo estribillo concentré mis pensamientos durante todo el tiempo de la operación, además de en las relajantes tonalidades crema que adornan las paredes del aseo de la citada clínica.

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