Las Armas

Sirva esta entrada como presentación-promoción-consejo-aclaración-petición. Por ese orden.

De manera regular colaboro muy gustosamente con el espacio cultural zaragozano Las Armas. Mi contribución consiste principalmente en escribir previas y crónicas de conciertos, aunque también me da vidilla otro tipo de actividades culturales, cursos de verano o jornadas gastronómicas, sobre las que también me da por juntar alguna letra. Esta intro es lo de menos. Simplemente me parecía oportuno describir, aunque fuera de un modo muy somero, cuál es mi relación con Las Armas.

Creo, sin miedo a equivocarme, que a día de hoy es el mejor motor cultural de mi ciudad. La afirmación es rotunda, y puede resultar prepotente soltarla a bocajarro después de hablar de mi colaboración. Pero nada más lejos de la realidad, porque mi contribución no es más que una milmilmilmillonésima parte de la gestión que un nutrido grupo de profesionales viene desarrollando desde hace tiempo.

Cuando digo que es el mejor motor cultural de mi ciudad lo hago a sabiendas de que en Zaragoza, pese a lo muy dados que somos a lamernos las heridas, hay un mundo que palpita. Con sus luces y sus tinieblas, con sus endemismos y con sus grandezas, la gente confía en su creatividad y eso es un potencial de valor incalculable. Las Armas, además de tener una proyección internacional, también pone el foco en el arte local, y el resultado termina siendo una trabajada agenda en la que existe gran cantidad de eventos que destacan por su calidad y variada oferta.

Por si fuera poco, este centro se encuentra en una parte relativamente degradada del casco histórico, y entre él y otras instituciones municipales, se puede decir que lentamente van consiguiendo que esa realidad vaya cambiando. Ahora, mucha más gente de todos los lados visita la zona, por lo que el barrio va dejando de cocerse en su propio jugo. Más allá de los conciertos, un ejemplo de su implicación con la sociedad es su última gran jugada: el campus Escuela de Rock, donde decenas de chavales de todas las edades pasarán el verano aprendiendo sobre instrumentos, historia de la música o acerca de la parafernalia que acompaña al género, entre otras cosas. Es una muestra, pero hay muchas más, como el cine a la fresca + concierto de Film-Nic, la creación de la compañía Alasarmas Teatro o la propuesta gastronómica El Bancal. En un espacio relativamente limitado se proponen múltiples posibilidades y esto redunda en una mejora significativa de las sugerencias culturales que plantea la ciudad. Esto es, Las Armas mejora la ciudad.

Por si toda promoción no fuera un consejo, ahí va el mío: conozcan Las Armas. Disfruten, aprendan, coman, jueguen e incluso, si no tienen personalidad, vayan a dejarse ver. Porque para colmo es un sitio cool.

Todo lo dicho, hasta cierto punto, no me ha servido sino para realizar un pequeño bosquejo del hervidero que es este lugar. Pero mi intención prioritaria es aclarar las cosas en un punto que durante un tiempo me tuvo confundido. Y esa confusión, verbalizada, desató la espeluznante ira del personal allí congregado hasta un nivel tal que llegué a temer por mi propia integridad física.

(Para ser un poco más exacto, donde dice la espeluznante ira poned el pequeño suspiro, donde dice personal allí congregado poned el tipo con el que estaba, y en vez de que llegué a temer por mi propia integridad física imaginad que está escrito que percibí cierta congoja en mi interlocutor.)

Y he aquí el problema. Como yo creía antes, mucha gente sigue creyendo ahora que este espacio es una entidad municipal, gestionada por el Ayuntamiento y regida por funcionarios, ya que tiene ciertos visos de centro cívico. Pero no. Y no tengo nada en contra ni de las entidades municipales (las hay en las inmediaciones y ofrecen muy buen servicio), ni del Ayuntamiento (que deja hacer, cosa que en los ayuntamientos no siempre es habitual), ni de los funcionarios. Hablamos, pues, de una administración privada.

Dicho queda. Sé que esta confusión (y es una confusión a gran escala, créanme) irrita a los trabajadores de Las Armas, aunque sólo sea por el hecho de que las cosas son como son. Y lo entiendo. Cuando uno triunfa esforzándose mucho es bueno que se diga, y si no ha sido ayudado para triunfar, es justo que se lleve todo el mérito. Me parecía legítimo escribir este post con la finalidad de aclarar las ideas de quien pudiera tener un cierto cacao administrativo.

Y va la petición. Tranquilos, no dolerá.

Me fastidia que en un concierto los músicos pidan silencio. Opino que si no han sabido crear una atmósfera de interés tal que cuando digan que viene una balada el público se calle espontáneamente, la obligación de los músicos es tocar la maldita balada con ruidos de copas, conversaciones y berridos de fondo si hace falta. El público está en un concierto, no en una biblioteca. Gánate tú ese silencio, merécetelo. Algo así me pasa con los blogs. No apruebo las peticiones de compartir una publicación en redes sociales ajenas, y por eso en la breve vida de este no lo he hecho, y en la mucha o poca que le quede no lo volveré a hacer. Pedir que los demás te difundan me parece un gesto de arrogancia disfrazada de pedigüeño. Aquí haré una excepción, excepción que por otra parte ya he hecho con la misma temática de esta entrada en la que me limito a informar sobre algo que afecta a gente que aprecio y que trabaja en una actividad en la que creo.

Pues eso, amigos. Que voy a tocar una balada.

Muchas gracias.

 

 

2 Comments

  • Siento que te fastidie que se pida silencio pero a veces los músicos lo hacen por parte del público que trata de oír la música que está sonando. Por mi lado en este sentido manejo un criterio básico. Si es un espacio habilitado exclusivamente para un concierto y hay gente que ha pagado por ello, se pide silencio. Si se toca en un bar o en un espacio abierto donde el público puede haber acudido por otras razones no se pide silencio, porque en ese caso se respeta la libertad de la gente para hacer lo que le dé la gana. Las cosas son más sutiles de lo que parece. Y pedir silencio no tiene nada que ver en absoluto con pedir que se compartan cosas propias en las redes sociales, porque uno no pide silencio por su puto culo, como ya he dicho. Un saludo.

    • Cada vez que he oído a un músico pedir silencio en un concierto ha sido por sí mismo, porque quería oírse. Nunca he oído mencionar al resto del público, así que mi experiencia es que el músico pide silencio exactamente por su puto culo. Como en todo, hay una cuestión de grado. Entiendo al que lo pide una vez porque llega el gran momento. Pues bien si es algo puntual y muy localizado. Eso sí, esos que piden silencio media docena de veces me parecen unos pelmas. Un saludo y gracias por comentar, Javier.

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