Los sugus de Franco

Una de las muchas y muy variadas estupideces en las que nos gusta revolcarnos es ésta, claro que sí. Se inscribe dentro de la gran familia de comportamientos infantiles en virtud de los cuales nunca, bajo ningún concepto, debemos dar la razón. Ni siquiera parcialmente a aquel que nos hace un planteamiento distinto al que nosotros teníamos de inicio. Esta conducta se basa en una metodología cuya máxima sofisticación y alcance recibe el nombre de guerra.

Mejor dicho la guerra es, más que la conducta, la consecuencia de la técnica depurada consistente en no ceder jamás. Para ese no dar la razón disponemos, a veces, de ella misma: no dar la razón. Y para el resto de las ocasiones tenemos varias herramientas que no son sino trampas baratas de la retórica. Truquillos que encuentran un contexto maravilloso en esta Pinacoteca de la Memez que son las redes sociales. Tampoco quiero demonizar a la tecnología tan a la ligera: esto ha existido desde siempre. El matiz, según lo veo, es que ahora nos sonroja menos regodearnos en las malas artes argumentativas porque al fin y al cabo todo es mucho menos duradero.

El ataque ad hominem es la crème. Por supuesto, si tú eres imbécil no te creeré cuando digas que dos y dos son cuatro. Mi herramienta para desmontar tu enunciado es que eres imbécil, tu propia imbecilidad te desacredita. Por otra parte, desde que el hombre es hombre y dado que existe el argumento de autoridad, hay un regusto maravilloso en aplicar ese mismo razonamiento, pero a la inversa. Una especie de alegato a favor de la desobediencia. Por supuesto, ese regusto hace que caigamos en tomar una presunta actitud de rebeldía sin darnos cuenta de que esa misma actitud se ha convertido finalmente en el sujeto de nuestra autoridad. Pese a ello es un argumento con estructura de silogismo que hace felices a muchas personas en este país de la eterna división. Si no me gusta Pepito y a Pepito le gusta X, queda fuera de toda duda que a mí X nunca me podrá gustar.

Es una proyección de lo que ha pasado toda la vida con los padres y los profesores. Es evidente que la obligación de todo niño es desobedecer a unos y otros, de creer que éstos están equivocados. Lo cual no es cierto siempre y no es falso siempre. Además, estamos hablando de niños. De niños.

Encuentro esa negativa en muchas personas ante datos aportados por uno u otro medio. Casualmente, desconfían de manera sistemática de su opuesto ideológico, porque el medio de comunicación con cuyas líneas coinciden siempre dice la verdad y tiene la razón. Y yo esta prevención, esta duda sistemática, la puedo entender (y de hecho la ejerzo) en determinados formatos: un reportaje, una entrevista, los resultados de una encuesta o por supuesto una columna de opinión. Los caminos de la manipulación son infinitos y los itinerarios de la edición incalculables y muy intrincados. Pese a lo cual existen ciertas verdades, como que dos y dos son cuatro. Y eso me da igual que lo asegure Agamenón o el que se dedicaba a darle masajes en los pies.

Leí una vez una anécdota que me resultó chocante: nada hacía más feliz a Franco que los caramelos sugus. Le encantaban los sugus hasta tal punto que eran, de largo, lo que más le gustaba comer. Dato doblemente chocante cuando leo que este caramelo llegó a España en 1961, treinta años después de su invención. Es decir, cuando F. tenía casi setenta años ya. Resulta curioso pensar en el sanguinario dictador septuagenario entregado al inocente placer de quitar el envoltorio a su preciado manjar, una chuche comercializada con la vista puesta en los paladares del público infantil. He intentado verificar ese extremo y no he encontrado nada al respecto por más que lo he buscado (otro motivo para despreciar a F.: el tiempo que me ha hecho perder con esta chorrada). Así que me temo que pueda no ser cierto. No obstante no se puede negar que se non è vero, è ben trovato.

Nunca lo había dicho a nadie, pero esta vía me sirve: me acuerdo de los sugus de F. cada vez que alguien niega la mayor por decreto, incluso en los casos en que resulta una absoluta evidencia, si es que viene de una fuente que a ellos desagrada. No me gusta la fuente, por lo tanto la demostración que propone la negaré siempre. No me gustan los sugus, dado que le entusiasmaban a F. Jamás beberé agua, ya que existen fotografías de Hitler bebiendo un vaso con cara de regocijo y no oiré música, porque en algún sitio leí que a Stalin le agradaba oírla. Y así sucesivamente.

Es una forma como otra cualquiera de dar forma a los prejuicios y eso aquí, en Etiquetalandia, supone una serie de comodidades que no estamos dispuestos a desdeñar bajo ningún concepto. Tragar con todo lo que nos echen es un riesgo, sobre todo habida cuenta de los intereses espurios con que se manejan quienes moldean las noticias. Y hay que recibir información con una coraza mental puesta. Pero no creer en nada conlleva un peligro similar al que surgió con el positivismo. La huída de una esclavitud puede llevarnos a caer en otro tipo de servidumbre. Y ninguna servidumbre es buena.

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