Puntual y criminal

¿Que se trata de un título un tanto dramático? No se puede negar. ¿Que contiene una verdad como un templo? Rotundamente sí. Ayer, hablando con mi padre, llegamos a una conclusión para la que tampoco hace falta ser Descartes: en España, la puntualidad se criminaliza.

Esto lo podrán corroborar las personas que, como nosotros, detestan una cosa por encima de esperar, y es hacer esperar. Existe un sufrimiento verdadero en ello, y no exagero. Lo peor es que se ha institucionalizado, que se ha convertido en algo normal, perfectamente previsible. Ha tomado cuerpo hasta el punto de llegar a ser una costumbre. Te han citado a las 21.00, pero sabes que bajo ningún concepto llegarás antes de las 21.30. Huelga decir que ni mi padre ni yo somos impuntuales. Nosotros somos nosotros y nuestras… circunstancias.

Sigamos. Tu dolor moral es ya una pequeña tradición, tu desazón es una rutina. Esto es así, hace años se asumió. Las broncas son algo consustancial a la cita, así como los momentos de tensión. El triste hecho es que es una tensión bidireccional, cuando en estos casos la culpabilidad reside, única y exclusivamente, en la persona que causa la espera. Si hay que salir de casa a una hora en la que según se estipuló tú ya estás preparado, en el caso de que obedezcamos a una cierta lógica ¿por qué tiene que existir un debate o una polémica en el momento en que exijas rigor horario? Esa discusión sólo tendría razón de ser cuando el reparto de motivos a la hora de la tardanza fuera negociable. Pero ¡eh! después de un cuarto de hora merodeando como un chacal por el pasillo, la entrada, el salón, echando miradas absurdas por la ventana, recolocando en la estantería los libros que ya estaban bien colocados, ahuecando los cojines, bebiendo agua para matar el rato y muriendo de calor (el calor es inherente a la espera, ya que al abrigo o jersey que llevas puesto –como en un intento poético y desesperado de acelerar la salida– se suma un espíritu en combustión deontológica) todavía queda un espacio para la discusión.

Leámoslo otra vez. Sí, siempre acaba naciendo una controversia. Cuando la verdad incontrovertible es que si alguien quiere cumplir con la palabra dada (llegar a la hora, según se dijo que se haría) florece una miríada de pretextos, a saber: el tráfico (que es el mismo de siempre), los imprevistos (que, tras haber lidiado con los primeros, no son tan difíciles de prever), que los demás llegarán tarde (¿y? nosotros dijimos que llegaríamos a la hora X y eso es todo lo que necesito para intentar llegar a la hora X) o que concretamente este día se da tal eventualidad (bien, para eso tenemos los relojes y la inteligencia, para calcular la antelación con que debemos empezar a preparar nuestra salida incluso en la actual coyuntura). Las excusas son infinitas, unas veces más vistas y otras más imaginativas e inspiradas, pero en todo caso confluyen en un hecho. ¿Eres puntual? ¿Deseas mantener incólume tu puntualidad? Pues entonces prepárate para ser criminalizado.

Oh, sí, ¡por supuesto que sí! Pesan graves acusaciones contra ti: eres recalcitrante, rígido, ceremonioso, inflexible, cargante y por supuesto muy soso. Ser puntual es lo mismo que ser aburrido, en contraste con la siempre refrescante impuntualidad. Esa efervescencia tan de ir cada uno a su bola. El gesto adusto del que espera y sabe que hace esperar es evidentemente antipático ante la actitud de insuperable joie de vivre que manifiesta cualquier persona que viva sin ataduras temporales. En el país que tiene a la picaresca por género propio no tendría porque resultar extraño que la informalidad sea un factor que indique campechanía. El clásico amigo que llega siempre tarde es un ser entrañable y bonachón aunque te robe tu tiempo, mientras que el amigo gorrón resulta rastrero por esa afición a que gastes tú en vez de él. Mmmm… ¿por qué? Así nos va.

Yo tengo poca imaginación y soy muy tonto, así que sabréis disculpar mis pocos recursos a la hora de distinguir la impuntualidad del egoísmo. Pero de momento no lo logro. No consigo desligar mentalmente el que considerar el tiempo propio más valioso que el ajeno sea una muestra de individualismo rampante.

Esto tiene sus consecuencias, por supuesto. Y es que esa autorización nacional a la falta de rigor supone al final un mal funcionamiento de instituciones, transportes, trabajos y relaciones. Y perdón por ser tan grisáceo como para pretender que las cosas funcionen bien. La excelencia, ya se sabe, debe ser castigada (y creo que en relación a ello existe el fenómeno -universal, eso sí- del desprecio por el empollón. ¿Por qué burlarse de una persona que estudia? Conozco la puntualidad, pero nunca he jugado en ligas empolloniles, y sin embargo no puedo dejar de pensar que mofarse de un chico que estudia es lo más estúpido del mundo).

La otra consecuencia toma cuerpo etéreo en las miles de horas que tipos anodinos e insípidos como yo pasamos vagabundeando a la espera del tintineo mítico de las llaves, sonido que es música divina, mucho mejor que una cantata de Bach. Horas y horas. Toneladas de kilómetros de millones de horas que son una derrota y a la vez una solución, la solución de la paradoja de la fuerza irresistible: ¿qué pasaría si una fuerza imparable chocara contra un objeto inamovible? Traducido al caso que nos ocupa y preocupa ¿qué pasaría si debieran salir en una misma dirección, simultáneamente, una persona puntual y una persona impuntual en base a una hora dada? Pues que siempre se cumplirían los designios de la segunda, claro. La primera no tiene nada que hacer, puesto que las leyes de la Física, el Tiempo, la Energía y el Destino se conjuraron a favor de la primera desde el inicio de los inicios. También se debe a que existe una corriente de simpatía en aras de que así siga siendo, como creo haber dejado claro.

Al fin y al cabo la persona puntual, no lo olvidemos, no deja de ser una persona monótona, fría, sosaina e inconmovible. Y todo eso, por lo visto, es muy digno de ser criminalizado.

6 Comments

  • ¡Cómo te entiendo! Mi puntualidad me ha traído más de una situación tensa. Me puse como objetivo esperar un máximo de media hora y en el caso de las personas con impuntualidad crónica un máximo de diez minutos.
    Teléfono:
    – ¿dónde estás?
    – me he ido ya
    – ¿Por qué?
    – Porque no venías
    – Llego ahora
    – Ahora es tarde
    – ¿y si me hubiera pasado algo?
    – me habrías avisado
    … nubarrones

    Al revés, suena el teléfono de otra persona:
    Soy Mar, perdona pero llegaré diez minutos tarde porque …
    – Ah, tranquila, no hace falta que avises por eso…
    ….
    joder, sí, claro que hace falta avisar si una vez te retrasas; el otro puede aprovechar ese tiempo como le venga en gana y no como un idiota esperando.

    En el ámbito profesional es más sencillo. Las reuniones que convoco empiezan a la hora que las convoco y a esa hora se está y se está con todo preparado. No empiezan cinco minutos más tarde, ni se dan cinco minutos de cortesía para los que llegan tarde.

    Se empieza. Cuando llega algún retrasado (suele pasar una sola vez; si se diera un segundo caso, siempre suele haber una llamada de aviso) simplemente mirada gélida mientras se continua con la reunión.

    • Pues como planteas las reuniones deberíamos proceder siempre. Y por supuesto resignarnos a ser tachados de nazis.
      Al final, todo lo contrario. No sólo transigimos con lo incorrecto sino que se nos afea la corrección. Que no es otra cosa que mero respeto.
      País.

  • Yo soy muuuuy puntual, querido amigo y llamo como tú egoísmo a la impuntualidad, pero no es terreno exclusico del pícaro españolete, es cosa uniforme y no estamos solos.

  • Por la amistad que nos une , calma… haya calma… no nos lapidéis tan rápido, os cambio el término egoísmo por el de exceso de optimismo.
    Gracias por todos aquellos minutos invertidos en la esquina aunque luego tuviese castigos similares a tararear “Manos a la obra” o escuchar el estridente ruido de tus botas al caminar.

    “La gente optimista es más impuntual que el resto. Así lo determina el último estudio llevado a cabo por la Universidad Estatal de San Diego en California (EE.UU.) y que recoge la revista Human Performance.

    ¿Por qué los optimistas son más impuntuales? Los científicos explican que los pensamientos generalmente positivos llevan a pensar que uno siempre dispone de tiempo suficiente para realizar un gran abanico de tareas, por lo que ser demasiado optimistas con el tiempo con el que cuentan se convierte al final en un sello de falta de puntualidad.

    Para llegar a estas conclusiones los investigadores partieron de la hipótesis de que la impuntualidad forma parte de un rasgo más de la personalidad del individuo, por lo que contaron con la participación de dos grupos de personas: en el primero se colocaron aquellos que se veían a sí mismos como optimistas y en el segundo grupo al resto.

    Tras esto, pidieron a los voluntarios que contaran mentalmente un minuto. Los resultados de este curioso experimento revelaron que el segundo grupo (los realistas o pesimistas) tuvo una percepción casi exacta del tiempo, esto es, 60 segundos, mientras que los optimistas calcularon un minuto siempre sobrepasando los 77 segundos al menos.

    Así, los optimistas resultaron ser “malos gestores del tiempo”. Según los investigadores, las personas optimistas suelen llegar tarde a sus compromisos porque siempre piensan que pueden realizar varias tareas antes de la hora acordada e incluso llevarlas a cabo todas a la vez con la falsa creencia de que esto les llevará a ahorrar tiempo. Su percepción excesivamente positiva del tiempo, les lleva a ser irrealistas así como malos planificadores del tiempo, convirtiéndose en personas impuntuales natas. Nada que no pueda solucionarse con interés y esfuerzo, por supuesto”

  • ¡Mariajo! De verdad que el texto no iba por ti, porque de todas formas considero satisfecha mi sed de venganza después de cada espera. Efectivamente, el tarareo de Manos a la obra no era inocente, como tampoco lo era el taconeo de mis botas de cowboy. Del estudio que añades, me parece muy interesante y desde luego da otra visión del asunto. Por poner un titular, selecciono la ultimísima frase. ¡Salud!

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