Ramadán, menores, disculpas

Tengo un plan para purificar a mis hijos. Creo que puede ser una buena iniciativa para salvarles de la decadencia en que esta sociedad está inmersa, para endurecerles un poco, para que reflexionen sobre sí mismos y entiendan que hay gente que tiene más problemas de los que ellos creen tener. Mañana comienzo.

Les voy a despertar a las 5.30 para que desayunen mucho, muchísimo. Para que se atiborren bien atiborrados. A las 22.30 repetiré la operación, les daré de cenar a saco. Se van a poner tibios (eso sí, inmediatamente después de la cena irán a la cama, para que puedan dormir unas horas antes del madrugón del día siguiente). Quizá sientan alguna necesidad en las diecisiete horas que van de las 5.30 a las 22.30, como por ejemplo un vaso de agua cuando el sol pegue fuerte. No criticaré que lo quieran pero sí que lo beban. Obedeciendo estas simples normas fortalecerán sus corazones, por no hablar de lo orgulloso que me voy a sentir.

Las ironías tienen que ser sutiles. Si no lo son, pierden la gracia. Pero es que para eso el que las dice o escribe o emplea tiene que encontrarse en un modo adecuado. Una suerte de disposición al humor.

Y eso no es posible conseguirlo con cualquier tema.

Esta semana estoy muy enfadado. Estoy de mala leche. Porque he visto a adolescentes demasiado mareados, demasiado exhaustos y demasiado convencidos a un palmo de mis narices. Ninguno se ha dado el lujo de beber un vaso de agua para saciar la sed.

Al colegio en el que estoy dando apoyo como voluntario ha llegado el Ramadán. Y al resto de los colegios del mundo, supongo. Si precisamente requiere voluntarios es porque los alumnos necesitan mucho control. Son, por resumirlo mucho, pequeñas versiones de Calígula. Desde luego los profesores hacen una labor excelente a la que no se puede poner un pero, pero los alumnos (especialmente algunos) necesitan unas diecisiete personas encima por unidad, y aún así se pasan la clase por el arco de medio punto. Esta semana, dos de los que se pasan la clase por el arco de herradura se encontraban mal. Por decirlo de una manera sutil, no reconocen ningún tipo de autoridad. Por eso mismo se me quedaron los ojos como paelleras cuando, a la vista de su malestar, les sugerí que bebieran un poco de agua y la respuesta que obtuve fue tan sencilla como: no podemos.

Bien, al menos reconocen alguna norma, pensé. Ya si esa norma no atentara contra sus organismos todavía no desarrollados, sería maravilloso. Agradezco de corazón no haber estado presente cuando otro chico perdió la consciencia en educación física. Es pequeño, delgado, y un buen estudiante. Un chaval muy disciplinado. Pero es también humano y su cuerpo tiene un límite. El susto del desmayo pasó, pero desde ayer no me puedo quitar de la cabeza un hipotético Ramadán futuro en que estuviera tan débil que se quedara a una décima de la nota que necesita para estudiar la carrera a la que aspira. De momento, espero que pese al rosario de exámenes que tienen la semana que viene, puedan tener un verano en condiciones. Un verano lleno de comida y agua.

La banda sonora de mi estupefacción es un martilleo constante. Viene a decir algo así como ¿por qué se está permitiendo que menores de edad observen esta práctica? ¿Por qué las autoridades de este país permiten que adolescentes que se lo pueden permitir, estén infraalimentados? No me voy a lo que supone de férreo control de la voluntad, porque es algo tan etéreo que no sabría por dónde empezar, y porque al fin y al cabo todos los chicos (y los mayores) estamos sometidos a dominios y limitaciones más o menos evidentes. Pero ¿no comer?, ¿no beber? Yo, y quizá soy mal ejemplo porque cada vez que bebo parezco un dromedario antes de cruzar el Sáhara, necesito agua después de cada clase. No quiero imaginarme cómo sería no poder echar un trago. Y mucho menos si pienso en Guillermo Sancho con trece años.

Es una patata que arde demasiado para cualquier gobierno, es un asunto escabroso a más no poder. Pero creo que antes o después habría que abordar este tema desde un punto de vista legal. No todo vale con los niños. Todo, no. Y no pretendo saber cuál sería el mecanismo para sacarlos de esa espiral, puesto que al fin y al cabo no se puede obligar a alguien a comer si no quiere. Pero me parece una situación que afecta a demasiadas personas como para que, al menos, no existan propuestas al respecto.

Ahora viene el consabido catálogo de disculpas. De imprescindibles justificaciones para todos aquellos que ven una inequívoca manifestación de intolerancia en los matices que se proponen a ciertos temas.

Empezaré por disculparme con una autorreferencia, y es que me parece que todo ha de ser tratado con suavidad. Y los temas sensibles, más. Hay menores y hay religión de por medio, así que no me parece un tema como para, amparándose en la incorrección política, empezar a ofender a diestro y siniestro. Creo en la corrección política. Y en algunos temas, como este, con mayor motivo. Pero no nos pongamos una venda en los ojos ante un hecho tan flagrante. Va más allá de la fe. Es una cuestión de salud pública, y creo que se debería empezar a debatir en serio sobre ello.

Sigo disculpándome: no meto a todos en el mismo saco. Porque hay musulmanes que no practican el Ramadán, o lo hacen de una forma más moderada. Hay quienes toman un pequeño tentempié a mitad de jornada, quienes no comen pero sí beben, y desde luego los hay que empiezan en ello una vez son adultos. Sobre esto, por lo tanto, yo no tengo nada que decir, salvo desearles lo mejor.

Disculpa número tres. No sé si lo he mencionado en las anteriores novecientas palabras, pero estoy hablando de la observancia del Ramadán por parte de menores. Ramadán y menores. No estoy hablando del velo (que es un tema interminable), ni de levantar o no mezquitas (cosa que no me parece ni bien ni mal, sino que sencillamente me da igual), ni de los límites del humor (ya que no estoy de humor), ni del tema cerdo sí o cerdo no en los comedores escolares (pese a que al dejar de comer esa ración de la dieta se desaproveche parte de una beca de comedor que otro niño solicitó y no obtuvo).

Cuarta disculpa, y de nuevo una autorreferencia, pero es que quiero dejarlo meridianamente claro porque ya veo culos removiéndose en las sillas. No estoy hablando de quitar a nadie la libertad, sino de proteger su salud en un tema concreto, muy específico. Afortunadamente existe la educación obligatoria, así que no veo por qué no debería existir la alimentación obligatoria. Y sobre todo, para los admiradores de meter conceptos en un mismo saco y poner rápidamente una etiqueta facilona, esto no tiene que ver con los refugiados. Creo que en la entrada El rapto de Europa lo dejo bien claro. Europa tiene que acogerlos. Y punto.

Releo lo que escribo, y veo que quizá al final sí me ha quedado un poquitín irónico. Así que voy allá con la quinta y última disculpa: lo siento. Siento de verdad haber tirado de ironía. Si os consuela, me pondré a hacer ayuno como penitencia.

2 Comments

  • Al final, todo depende del sentido común de los padres. Quiero decir, que si hay algo que al menos debería estar por encima de cualquier religión es precisamente ese, el sentido común.
    Da la casualidad de que ayer, en el ascensor, coincidí con un vecino que es musulmán y que tiene dos hijos. Y le pregunté que si ellos también hacían el ramadán. Y me contestó que “no.” A continuación, le pregunté que a qué edad empezaban a hacerlo y su respuesta fue: “Cuando estén preparados”.
    Pues eso, sentido común.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *