Que se llama Sociedad

Entrada de Cristo en Bruselas, de James Ensor

Sociedad, esa palabra.

Leí hace algunos meses la noticia que daba cuenta de la joven de Almonte (Huelva) que, reclutada por el Estado Islámico, fue detenida en el aeropuerto de Barajas camino de Turquía. La idea: desde allí, llegar por tierra a Siria para unirse a ISIS. En unos medios leo que para unirse a la lucha armada, y en otros, para convertirse en esclava sexual. Quizá, supongo, para con esto apoyar aquello. Con un trabajo estable, una situación familiar relativamente sólida y sin antecedentes de adhesión al islamismo radical, nada parecía informar de un entorno que invitara a esta chica a formar parte de la causa que, a día de hoy, se nos presenta como una de las más aberrantes del planeta. Internet puso el marco propiciatorio y el conducto.

Hasta aquí me parece todo razonable. Un delirio razonable, quiero decir. Es más, un delirio razonable en tanto que individual, personal e intransferible.

Trataré de explicarme. A renglón seguido de la noticia aparece el consabido descargo en la sociedad. “Es que vivimos en una sociedad que ha perdido los valores”. Ah, la sociedad, esa palabra tan útil, la puta de nuestro diccionario. Viene muy bien cuando se quiere criticar algo desde la generalización más idiota. Porque ¿qué tiene que ver la sociedad en los desvaríos de una mujer que gozaba de una situación de normalidad, si entendemos la normalidad precisamente desde el punto de vista de la sociedad? Me pregunto si seremos capaces de achacar alguna vez las culpas de algo a alguien. Tiene que ser posible, seguro que sí. Existe la posibilidad de creer que era una persona vacía, violenta, depresiva, inconsciente, caprichosa, instintiva o insensata. También cabe la opción de decir que tenía un complejo, porque si proponemos que sea una mala persona probablemente las malas personas seremos nosotros, y para salvarnos de esa quema existen palabras tan rentables como complejo o sociedad. Yo, a riesgo de meterme a jugador de psicocefa, me inclino por pensar que esta chica estaba como una regadera, porque desde un esquema que no se aparte varios miriámetros de la salud mental no veo cómo se explica que pensara en hacer lo que de hecho había comenzado a hacer.

No quiero banalizar acerca del Estado Islámico, es un asunto demasiado serio como para intentarlo siquiera. Sólo quiero enfocar el discurso desde la perspectiva de exculpación de algunos individuos en los hombros ya cansados de la sociedad. Mire usted, la sociedad hace lo que puede consigo misma, que no es poco. Y seguramente debiera hacer más en términos de propuestas o servicios. Hablo de más sistema educativo para las clases bajas (sí, un enorme desembolso del que los niños pobres no tienen ninguna culpa), de combate contra la pobreza, de adaptación para la discapacidad o de integración de los excluidos, entre otras necesidades. Que la sociedad saque sus conclusiones sectoriales, para eso cuenta con intermediarios y representantes. Pero abandonemos la predisposición sempiterna a achacarlo todo a todos los demás. No sé a ustedes, pero siento ciertas micras de irritación salpicando mi piel cuando un niñato de clase media quema un contenedor, un fulano perfectamente duchado y perfumado deja el regalo de su perro en la acera o una tipa con una familia convencional graba una paliza con su teléfono. ¿Lo he hecho yo? No. ¿Lo ha hecho usted? Juraría que tampoco. Pues no me/nos carguen con las culpas, cuanto más reciba quien no tiene la responsabilidad, menos aprenderá quien tiene que asumirla. Porque además de injusto es estéril: cuando el fan de quemar contenedores lea que su acción es en gran parte culpa de la sociedad, ya tendrá un desahogo considerable que en parte será una invitación a seguir jugando al quemacefa.

He tomado el título casi prestado de una hermosa canción de Joaquín Sabina que se llama Que se llama Soledad, y se me ha aparecido la imagen entre metafísicamente imposible y rematadamente cursi de una sociedad muy sola. Que trabaje cuando deba y descanse cuando pueda. Dejémosla en paz. Que bastante tiene la pobre con llevarnos a todos a cuestas.

 

Entrada de Cristo en Bruselas, de James Ensor

 

 

 

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