Teleenseñar algo

Llevo casi tres meses teletrabajando. Podíamos crear un verbo más específico en función de profesiones: telediseñando, televendiendo, teleadministrando. Entonces diré que llevo más de dos meses teleenseñando.

Dejen que haga todavía una concreción más, y más personal: teleenseñando algo.

La amargura que encierra esta indefinición esconde una sensación privada. Y sin embargo, por cuanto he podido hablar con algunos de mis compañeros, creo que bastante extendida. De entrada, me interesa describir algunas de las vicisitudes que el mundo de la enseñanza se ha encontrado a la hora de abordar su labor en cuarentena. Intentaré ser lo más generalizador posible y mencionar algunos de los aspectos con los que inesperadamente nos hemos encontrado casi todos. Aun así algunos colegas no se verán reflejados. Desde luego habrá casos y casos. El mío es el de un profesor de Sociales de secundaria, en un estupendo centro público de un pueblo de La Rioja.

Como el resto de la población, en marzo nos encontramos con la primera duda: ¿hasta cuándo? Como en todos los trabajos, en este también tenemos unos plazos que hay que respetar escrupulosamente. Tener una idea precisa del calendario nos ayuda a planificar evaluaciones, recuperaciones y, por supuesto, organizar la diferente metodología para la impartición de las clases con la dosis adecuada de contenidos en cada momento. Así que debimos acoplarnos a esa falta de programa. Esta incertidumbre ha sido y es especialmente dura para los alumnos de finales de etapa (4º de ESO y 2º de Bachillerato) y sus profesores, que se debieron adaptar a una realidad que no existía en el papel. Hablo en tercera persona porque este año no imparto en ninguno de estos dos cursos.

Desde un principio, uno de los aspectos cruciales del nuevo momento fue la comunicación con los alumnos y sus familias. Hasta el momento está claro: todo el mundo conoce sus obligaciones, especialmente en la etapa de la educación obligatoria. En este tramo los padres saben que tienen el imperioso deber de que sus hijos estén escolarizados. Cómo actúen es otro cantar.

Mandar un correo electrónico generalizado se reveló desde el minuto uno como insuficiente. Y hay que decir que contactar con ellos fue en algunos casos cuestión de una sola llamada. Con otros muchos fue (y es) desesperante. No hay como no interesarse por algo.

(Hago un paréntesis para subrayar una cosa sabida: todo esto con nuestros ordenadores, dispositivos electrónicos, teléfonos, etc. No es una queja en absoluto, sigo amando mi trabajo y si pongo mi pasión en ello, ¿por qué no poner mi conexión a internet? Con lo que han sufrido y sufren miles de personas me parecería una frivolidad lamentarme. Pero vaya, que en un centro educativo hay varios ordenadores y si uno no funciona, sabes que hasta que se arregle dispones de más. En casa hay que apañarse con lo propio. Respecto a las llamadas a alumnos, existe un modo de hacer que tu llamada aparezca como anónima -escribir #31# antes del número al que vas a llamar- y es entonces cuando muchos padres no la cogen. Muchos alumnos sólo han descolgado el teléfono -qué antiguo suena dicho así- cuando han visto mi número en su pantalla. Como comprenderán, la inmensa mayoría de alumnos y familias son personas como cualquier otra. Sinceramente, me da igual que medio pueblo conozca mi teléfono. Pero hay otro medio pueblo que me da menos igual. Aun así: hay que seguir llamando. Y entiendo que haya compañeros a los que esto no haga ninguna gracia en absoluto).

Antes de mediados de marzo, el gran indicador, más allá de sus calificaciones, es la presencia física del chico en clase. Parece que en ello existe cierta voluntad de los padres o tutores del mismo por colaborar con su educación. A partir de mediados de marzo ¿cómo obligar a los padres, a los chavales? El asunto es enrevesado porque existe una barrera psicológica sobre la que siempre me ha parecido que hay poco debate: conminar a alguien a que haga algo dentro de su casa. No, no es lo mismo que si el alumno está en clase y sabe que al día siguiente te va a ver (y va a ver cómo lo recriminas en persona si no ha hecho la tarea. Un e-mail más o menos duro, sinceramente, apenas les roza). Al fin y al cabo nuestras casas son nuestros castillos mentales. Si la actitud original es de dejadez, derribar esas murallas en pleno confinamiento resulta tarea titánica.

A ello hay que sumar una barrera puramente física: la tecnológica. ¿Cómo salvar el escollo de quien dispone de medidas de comunicación más precarias? Desde el principio se intentó salvarlas desde los propios centros y, creo que, en una medida razonable dado el tiempo disponible y lo precipitado de la situación, se han podido sortear. Esto implica la aplicación por parte del profesor de ciertas holguras. No es justo exigir lo mismo al alumno que dispone de una habitación con ordenador propio que al que tiene que compartir iPad y dormitorio con dos hermanos.

Aquí, claro está, comienza la valoración de algo siempre inaprensible, difícilmente mensurable. ¿Dónde empieza el esfuerzo y termina la tecnología?

En estos días he comprobado que se cumple aquello de que la cabra tira al monte. Los buenos estudiantes lo han seguido siendo contra viento y marea. Y en el caso de que hayan tenido unas dificultades insalvables, aunque las producciones y tareas hayan sido objetivamente inferiores a otras, no han dejado de manifestar de forma continua su voluntad, su deseo, su esfuerzo. Esto es digno de admiración.

A quienes llevaban un historial… digamos, poco encomiable, se les abrieron las puertas del paraíso. Especialmente cuando en prensa aparecieron por primera vez las palabras mágicas aprobado general. Este fue un mazazo para el profesorado porque existió una bajada de brazos tan extensa como una pandemia. Y ojo, por más que me fastidie, intento entenderlo. Desde la empatía: ¿no habría hecho lo mismo yo en su caso? Lo que quizá no saben los alumnos es que la Ley siempre tiene unas estudiadas dosis de ambigüedad, y que el concepto aprobado general venía acompañado del matiz salvo excepciones. ¿Qué es una excepción? Yo diría que uno o dos repetidores por cada veinte alumnos es una excepción. ¿No? Pues así es con y sin pandemia. Hecha la Ley, etc. El curso que viene ya me lo contaréis.

También desde el principio y hasta nuevo aviso, se decretó que se iba a proceder a un repaso de lo ya visto. Bien. Pues así mes y medio. Es decir, mes y medio intentando combinar los temas que se estaban viendo hasta el principio del confinamiento con los vistos a lo largo de todo el curso. Me parece cuestión de salud mental el ir y venir un poco con los contenidos, porque ¿a quién no se le haría odioso estar continuamente haciendo deberes sobre el complemento indirecto, el principio de conservación de la energía mecánica, la arquitectura gótica o el Past Perfect Simple? Creo que, en general, los chavales han aguantado bien este Día de la Marmota pedagógico.

A partir de ese mes y medio se pudo encender la locomotora y dejar de dar vueltas para seguir avanzando. Fue un pequeño respiro. Un pequeño respiro sin dejar de seguir en el tajo a cualquier hora y olvidando como por ensalmo si es fin de semana o festivo, por cierto (ayer, a las 00.15 am, explicándole a una chica cómo iba a ser la recuperación).

Y aquí seguimos semanas después. Llegan las evaluaciones y la locura.

Ha habido que aprender muchas cosas sobre la marcha. Sobre todo tecnológicas. Y esto ha sido (si hasta ahora hablo por mí, aquí lo hago más que nunca) lo más duro. Hay quien se compra un teléfono o un portátil y empieza a toquitearlo para investigar qué puede hacer con él y qué prestaciones tiene. Me alegro por ellos y quiero pensar que estos días hasta se han entretenido. Pero los que tenemos cierta tecnoinquina hemos pasado las de Caín intentando buscar el modo de editar videos, programar videoconferencias y compartir contenidos en las mismas, elaborar material más o menos atractivo con el que los alumnos pudieran interactuar y desempolvar las mil excelentes plataformas que existen para ello.

Y tantas veces pensando que lo estamos haciendo mal, decepcionantemente mal, insuficientemente mal. Este último pensamiento lo he comentado con muchos compañeros, dudo que sea excepcional.

Si has llegado hasta aquí, paciente lector, me imagino que habrás pensado que algunos de estos aspectos los has vivido tú.  Es muy probable. En lo que no creo que coincidamos es en nuestros targets. Cuando a una parte importante de tu clientela les resbala lo que les cuentes, el problema se agudiza de aquí a Lima.

Y termino por el principio. En este título taciturno condenso la sensación de estos casi tres meses. He hecho lo que he podido y seguiré haciéndolo. Pero con la continua sensación de que aunque logro algo me dejo otro algo, de que me falta algo, de que no llego a algo.

Por supuesto, me faltan mis alumnos y mis compañeros. Los echo muchísimo de menos.

Pero echo en falta también el percibir, por la mirada, si Fulanito se ha quedado con el concepto de feudalismo, si a Pepita le está interesando lo que le cuento sobre el paisaje de la sabana o si a Juanito le emociona tanto como a mí encontrarse cara a cara con el David de Miguel Ángel. Esta es una de las mejores partes de la enseñanza y nos la hemos perdido. Así que nos queda el lado descafeinado. Es enseñanza a la que le han quitado algo así como el alma.

Ese algo que la tecnología no podrá sustituir jamás.

6 Comments

    • Coincido con Susana Gil, en que es una “educación sin alma” y tener esa “sensación permanente”, como tú le contestas, debe ser terrible. El vacío que debe de dejar apagar el ordenador, después de horas y horas de transmitir como mejor sabes todo lo que llevas dentro, con dedicación y cariño (como fácilmente se te adivina), es sólo comparable al gran cansancio mental, que debes experimentar y ese recordatorio continuo de “logro algo, pero me dejo algo; me falta algo, no llego…..”
      Esos dolorosos resquemores todos los días….. Sólo quien ejerce una profesión de tanta responsabilidad, puede pasarlo tan mal.
      Me estoy imaginando a los señores políticos, en una tesitura parecida y además compartiendo su teléfono con la gente q les ha votado. Han sonreido sardónicamente?

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