El tiempo de la independencia

Estuve durante bastante tiempo, por motivos laborales, viviendo con una cierta cercanía (y por momentos desesperación) a los políticos. No hablo de lo que a veces se da en llamar primera línea de la política, pero tampoco me refiero a los últimos monos del cartel. Pongamos que con quien más coincidí fue con un viceconsejero del Gobierno de Aragón. Con algún concejal del Ayuntamiento de Zaragoza también he tenido algo que ver, si bien desde la barrera. Pero el asunto que me trae aquí no es el de su gestión política o el deseo de hacer una semblanza personal. De hecho, no sé si se intuye, estoy intentando ser lo más aséptico que puedo. Aséptico y frío, distante.

Porque quiero hablar de la cosa más neutra que existe en el mundo: el tiempo. Y no me quiero poner existencial como lo hice no ha mucho. Quiero ir a lo relacionado con la duración de las cosas en su vertiente más aritmética y pura.

Y eso que en torno al tiempo y en su propio seno nos encontramos con los acontecimientos más dramáticos de la Historia. Ya sea por utilizarlo como herramienta para acortar la llegada de ciertas circunstancias o para alargar esa llegada todo lo posible. Sea como fuere, es lo más valioso que tenemos, y especialmente el bien más preciado de un político. Dijo Napoleón Bonaparte: “Podéis pedírmelo todo, excepción hecha de mi tiempo”. Y eso es lo que sin temor a equivocarme puedo decir que, por lo que vi, deduje de la actividad de un político; lo importante que es su tiempo. Incluso aunque a veces se desperdicie en forma de trabajo inservible. Porque para hacer ese trabajo, pongamos que un informe que se va a hacer público ante la prensa, varias personas han tenido que correr, dejar de hacer otras cosas, abandonar a alguien, maldecir a muchos mandos intermedios.

Cada paso que un político da se traduce en dos cosas. Tiempo y dinero. Lo que en realidad no es sino una aliteración conceptual ya que al fin y al cabo, y según un pacto social que de alguna manera existe desde que el hombre es hombre, su tiempo es nuestro dinero.

Todo esto a cuento de una fotografía que ya tiene un año, pero que me ha venido a la memoria por una noticia de esta mañana. El Tribunal Superior de Justicia de Cataluña decide procesar a Artur Mas, Joana Ortega e Irene Rigau por la organización de la consulta del 9-N. La famosa foto de Mas con sus próceres me viene a la memoria y sirve de catapulta a la imaginación, ya que no es difícil imaginar alguna composición parecida en un futuro no muy lejano.

Aquella memorable instantánea recogía a lo más granado del Govern catalán. Voy a hacer un poco de memoria (lo que en 2016 equivale a decir que voy a buscar en Google). Ahí estaban, en primera fila de la inmortalidad, Oriol Junqueras, Raül Romeva, Felip Puig, Francesc Homs, Carme Forcadell y la entonces presidenta del Parlament, Núria de Gispert. En sus bocas tenía que sonar muy bonito el fino verso que reza que es nota, es sent, Companys està present.

Pero es que debemos entender que la épica tiene un precio que a su vez tiene su montante en minutos. Desde mi óptica, probablemente, pierdo la perspectiva en virtud de la cual es vital que un consejero de interior acompañe a su presidente a declarar ante un tribunal por la ilegalidad (perdón, por la desobediencia) cometida. Como casi dijo Sócrates, sólo sé que no veo nada. Excepto las caritas de estos notables y, en cada poro, una hora de trabajo por la que espero perciban un buen salario. En vez de permanecer retozones en sus despachos salieron a las calles a embadurnarse con el color único de la epopeya catalana. Lo tenían difícil, toda vez que el ambiente no parece muy propicio según se ve en la fotografía. Tampoco holgazanearon en sus consistorios los ya míticos cuatrocientos alcaldes de los municipios que sentían que la Historia les impulsaba a cometidos más allá de cambiar la bombilla de la farola o revisar la contrata de la recogida de basuras. Eso es prosaico, y las varas de mando son una abstracción representativa, genuina poética institucional. Ese día cometieron el pecadillo de hacer dejación de sus funciones como máximas autoridades de sus ciudades. ¿Y qué? Les tenemos que perdonar eso y mucho más. Porque seamos sinceros, la poesía, en tanto que ritmo, también es tiempo. Y en esa soleada jornada dejaron escrito un bello poema identitario.

Pero, ¿qué son las horas sino un instrumento para alfombrar el futuro? Pellizza da Volpedo no pintó El Cuarto Estado en cinco minutos, y Mas pese a ser un héroe no es un superhéroe, por lo que necesitaba (y a tenor de las últimas noticias seguirá necesitando) horas, días, meses de trabajo de sus allegados, vertidos única y exclusivamente en ejecutar su El Cuarto Estado. Bien está lo que bien acaba, y si Roma no se hizo en un día, supongo que a Cataluña (la de verdad, quiero decir, no la sojuzgada y oprimida) bien le podremos aplicar el mismo barómetro.

No importa, los complejos de Transfer tienen tratamientos largos, y por supuesto son prioritarios. ¿Quién quiere que se reabra su centro de salud, que se amplíe el personal en los institutos para atender a los alumnos con necesidades especiales o que reparen el firme de la carretera que lleva a mi pueblo? Si total, tampoco es un tramo de baches tan largo y al fin y al cabo, puesto en la balanza, pesa más el ser quien soy y decirlo al mundo que el ir cómodamente sentado en el coche.

Un tocayo mío inglés, que escribió algunas obras de teatro hace algunos siglos, dijo una vez: “Malgasté el tiempo, ahora el tiempo me malgasta a mí”. Pero seguro que aquí no se ha malgastado nada, ni un segundo. Todo ha sido una inversión. Una maravillosa inversión.

Insinuar mínimamente lo contrario sería el típico error que suelen cometer los que no saben nada de la épica ni de sus cosas.

El Cuarto Estado
El Cuarto Estado

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