Viaje con nosotros. El prodigioso, fulgurante, incontestado periplo de Podemos

Óbviense, si se quiere, los dos primeros adjetivos del título. Al fin y al cabo cada uno es muy libre de hacer maravillas si le apetece y puede, y de hacerlas a la velocidad que quiera y le sea posible. El tercer adjetivo, ese me interesa más.

A ver si me aclaro, porque me está costando entenderlo.

Podemos ha pasado de ser un partido anticapitalista, comunista, antisistema, quinceemeísta, de repente (¡hop!) ni de izquierdas ni de derechas, y en el momento de escribir estas líneas, socialdemócrata. La semana que viene PIT dirá: dos años han sido suficientes para semejante periplo. Así que, aunque desde un punto de vista ideológico este partido pueda resultar pelín borroso, en vista de su velocidad es innegable que tendría un imponente futuro como escudería de Fórmula Uno. Insisto, cada cual es libre de ser todo lo veleta que quiera, de cambiar el paso las veces que le apetezca, o de emocionarse hoy por la agresión a un policía y alistar mañana a, por poner un ejemplo, el ex jefe del Estado Mayor de la Defensa. Pero lo que me parece verdaderamente milagroso, insólito y un tanto espeluznante, es la respuesta que desde sus propias filas ha habido. O mejor, la no respuesta. La cero contestación. La inexistente réplica. Supongamos que en esas filas alguien tuviera cierta prevención a la hora de levantar un poquito la voz, en vista de las decapitaciones que ya se han podido ver al respecto. Bien, es comprensible. Pero… ¿y sus seguidores? En principio, un simpatizante-votante no debe temer por la continuidad de su cabeza sobre los hombros. Pensaba que alguien que hace dos años tenía simpatías comunista, tendría cierto reparo a la hora de votar algo tan distinto en tan poco tiempo. Pero no, todo parece seguir igual. Nadie tiene nada que objetar al respecto.

De ahí mi estupefacción.

Se supone que el mejor arco de personaje que se ha podido ver en el cine es el de Michael Corleone. Spoiler. Empieza renegando de los negocios de su familia para más tarde sustituir a su padre a la cabeza de la misma, puesto del que terminará agotándose y queriendo abandonar. Tenían que hacer una película sobre Podemos. Al menos, en El Padrino, vemos más de la mitad de la vida de Michael. En Podemos todo ha sucedido en dos años. Perdón, me repito y me vuelvo a desviar. Porque de nuevo quiero decir que no es tanto el arco de personaje que ha trazado el partido, sino la obediencia demostrada por sus fieles lo que me parece sorprendente. Pablo Iglesias, experto en Maquiavelo, ha logrado algo tan admirable como que un gran porcentaje de los votantes que confiaron en él en las elecciones europeas de 2014 (en las que se votaba a un partido supuestamente antisistema, cosa que me parece muy bien) no sólo renueven su confianza, sino que esta se vea incrementada por muchos otros votantes (que según corean las encuestas piensan votar a un partido supuestamente socialdemócrata, cosa que también me parece muy bien). Votantes que, lo oigo una y otra vez, se jactan de pensar distinto aun con las estimaciones del cuarto del total los votos. No sé si en el caso de que ganaran las elecciones por el 100% de los votos seguirían creyendo que piensan muy distinto, aunque me temo que sí.

Me desvío. ¡Me desvío!

Pero ¿es que nadie va a decir nada? ¿En serio no cabe un mínimo debate sobre el particular? Lo que pretendo subrayar es, en definitiva, la enorme fascinación que despierta este fenómeno. Y la entiendo… durante un tiempo. Envueltos como hemos estado durante tanto tiempo en la mierda, era más que legítimo (¡era necesario!) que existiera un clamor popular que exigiera el cambio. Y ese, el concepto de cambio, lo siguen empleando sin aparente rubor el experto en Maquiavelo y sus acólitos. Que yo me sonroje levemente cada vez que les oigo emplearlo no tiene importancia, porque además es verdad (cambiar, lo que se dice cambiar, han cambiado muchísimo como digo), o que me dé un poco de vergüenza ajena esa apelación eternamente moñas a lo sentimentaloide, con corazones de colorines incluidos y toda esa mandanga.

Lo digno de estudio es que se siga defendiendo a capa y espada a quienes iban a paralizar los desahucios (pregunten a los desahuciados gaditanos), quienes iban a eliminar de sus filas a los imputados (conste que la imputación de Rita Maestre me ha parecido una farsa asquerosa. No hablo de eso sino de la vehemencia con que en esos casos se exigían las cabezas ajenas hasta que la cabeza resultó ser la nuestra), quienes iban a poner la resolución de los problemas de la ciudadanía en el centro de sus inquietudes (pregunten a los zaragozanos que durante cinco meses han vivido un infierno a la hora de ir a trabajar en autobús) o quienes iban a amparar la okupación de locales vacíos para hacer talleres de costura, alfarería y cosas por el estilo, todo muy cuqui (pregunten a los vecinos de Gràcia lo cuquis que quedaron los contenedores quemados o los negocios destrozados). Ninguno de estos problemas hubiera sido resuelto fácilmente por cualquier otro equipo de gobierno, porque eran sin duda temas peliagudos. Eso sí, los ahora alcaldes de las entonces fotos en bici, metro, y todas esas actitudes tan entrañables, parecían tener muy claras todas las soluciones. Al fin y al cabo, bastaba con poner en el centro de sus preocupaciones los problemas de la ciudadanía y no contratar a sobrinos o novietes (glups). ¿Cómo no se les habría ocurrido anteriormente a los de la casta? Por cierto, que al escribir esto último, me doy cuenta de que ya no se nos machaca con el término casta. ¡Ah, los buenos viejos tiempos de comunista y provocador feliz!

Argumentos. Yo no puedo dar ninguno, porque entiendo muy poco de casi nada. Así que lo único que puedo hacer es sorprenderme. Cada vez que hablo con algún simpatizante de Podemos, y me gustaría que nadie se molestara, es como si hablara con un muro. Es muy difícil extraer una crítica del partido, mientras que hay hondonadas de bofetadas para el resto. Por supuesto, los demás son fachas, ultraliberales y blableblí. Todo se reduce a una agresión contra la… ejem… gente, y contra las políticas del… ejem… cambio. Legiones de cuñados podemófilos están decididas a contestarte al unísono trayendo a colación a los otros partidos, desviando la atención sobre el problema planteado, enfocando la respuesta sobre quién plantea la duda y no sobre la duda en sí (“Precioso abrigo de pieles el que trae usted”, jugada maestra de PIT, perito en Maquiavelo, ante la pregunta de una periodista).

Además de sorprenderme me fastidia. Porque, entre otras cosas, tengo amigos que tienen cargos en Podemos y amigos que simpatizan mucho con Podemos. Y son buena gente, de eso no me cabe ninguna duda. Por eso, quizá, lo que me molesta de esta situación es que no la entiendo. También me deja un regusto amargo el que personas que llevan años trabajando con toda honradez para Izquierda Unida hayan tenido que (¿cómo lo diría finamente?) agachar la cabeza y tener que limitarse a soltar en círculos muy privados los improperios que hasta antes de ayer dedicaban públicamente a sus ahora compañeros. Un regusto parecido a la bilis que tienen que tragar militantes socialistas sobre cuyos pensamientos parece tener continuas revelaciones el versado en Maquiavelo (“lo que quieren los militantes socialistas es…”) o la ponzoña que se tienen que comer los que iban de apoderados a un colegio electoral en Mondragón porque los del lugar sentían un muy comprensible pavor. Trágate tus buenas amenazas de muerte con dieciocho años y que luego te retiren el carnet de la izquierda real. Pregunten si no a mi chica, échenle un pulso de valor. Y ya puestos, fuera el carnet de persona, perdón, de gente, para todo aquel que haya votado en lo que llevamos de democracia. Ya que al fin y al cabo la gente de verdad ha entrado ahora y sólo ahora en las instituciones. Corramos un tupido velo.

Siempre me ha parecido un insulto gratuito eso de neoestalinistas. ¿Sirve decirlo para algo más que para enervar a una sociedad ya bastante crispada? Poner a un manipulador de masas a la altura de un asesino de masas es un absoluto desafuero. No es justo y no debería hacerse, por más que él haya hecho cosas parecidas con los demás hasta hace poco tiempo. Criminalizar al partido por sus conexiones venezolanas me parece, básicamente, una pérdida de tiempo. Creo que resulta ya ridícula esa continua alusión a un país que vive bajo un férreo régimen del que, por otra parte, aquí cada uno nos cuenta lo que quiere. Me parece menos gratuita la alusión a Grecia y su recorte en el 30% de pensiones, pues con los griegos sí tenemos similitudes estructurales, culturales y políticas. Quizá por eso ya no hay tanto abrazo a Tsipras en Sintagma pero sí más toqueteos por debajo de la mesa a Zapatero, y besos públicos a Borrell. Para que quede claro que somos socialdemócratas. Y que, en fin, no nos produce demasiado empacho intentar ocupar el espacio histórico que no nos pertenece y capitalizar algunos de los logros que ahora disfrutamos (y hasta hace poco poníamos a parir).

Algunos, muchos, seguirán viajando. Por mi parte, ya en su día tuve mi dosis de enamoramiento. Me compré dos billetes de vuelo y los metí en dos urnas, pero el avión tomó tierra y seguí el viaje a caballo. De esa grupa me caí hace tiempo. Que nadie se preocupe, después de la caída del caballo me encuentro mejor que nunca.

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