Lo que nos hace felices

Se termina un año que empezaba flamante, al menos en apariencia (hay pocos números más atractivos que 2020), pero en cuyo primer trimestre ya se vislumbraron varios descubrimientos aterradores. En este año la gente de bien ha pasado por varias fases: sospechosa, culpable, enferma, policíaca, jueza y, sobre todo, gran entendida en pandemias.

En este tiempo ahora moribundo se han rebajado casi todos los niveles de calidad en prácticamente todos los sectores, entre ellos el profesional. Y nos encontramos ante un futuro muy brumoso. Esto, por materialista que suene decirlo, se explica en virtud de un concepto aterrador como es la incertidumbre económica. Ninguna novedad.

Pero me parece oportuno, cuando no necesario, hacer un esfuerzo memorístico para recordar lo que nos hace felices. Saquemos un rato la cabeza del agua y tomemos oxígeno. En marzo fallecía, a los 92 años, Albert Uderzo. Echo la vista atrás y encuentro pocos generadores de felicidad como el que durante décadas supuso este hombre (primero en maridaje genial con René Goscinny y luego en solitario). No hay muchas cosas en esta vida que hagan más feliz que un cómic de Astérix.

Parece tétrico hablar en términos de alegría cuando en el párrafo anterior has mencionado la muerte del hombre que la produjo. Y, en cambio, yo estoy contento por lo que hizo. Y profundamente agradecido por ello, desde luego. Es una horterada lo de que cuando alguien se muere no hay que penar por su fallecimiento sino celebrar su vida. Me produce cierta congoja estética oírlo. Y sin embargo es justo lo que estoy haciendo aquí, celebrar. Celebrar y agradecer.

Abres un cómic de Astérix y eres feliz. Ante ti se abre, ya en la primera viñeta, el amanecer en una pequeña aldea en la que te encantaría quedarte a vivir para siempre. Puedes escuchar los trinos de los pájaros, de verdad que puedes. Cercada por un bosque frondosísimo y sobrepoblado de inocentes jabalíes, surcada por un riachuelo de agua cristalina y pura, enfrentada a una cala paradisíaca (entiendo que si esa playa me gusta a mí, por fuerza le tiene que fascinar a cualquiera) y rodeada de enemigos estúpidos a los que periódicamente puedes zurrar sin ningún riesgo para tu salud. ¡Un momento! ¿Hay algo mejor? No, no lo hay.

Por supuesto, la gente en el interior de la aldea se lleva mal. Es un llevarse mal muy literario, ya que si se llevaran bien todos ellos tendrían menos atractivo. Y si tu pescado huele mal y te lo digo nos acabaremos sacudiendo, y si eres un anciano y me río de ti, me acabarás dando con la gayata en el pie, y como se te ocurra cantar la última estrofa que has compuesto prepárate. Pero sabes que en el fondo se quieren y con eso te vale. Se protegen unos a otros y se consideran lo más de lo más, lo cual no deja de ser un fiel reflejo del chovinis… (no, me he dicho a mí mismo que este post no contendría ninguna crítica y no la contendrá). En cualquier caso, todas las entregas terminan con la fiesta en torno a la enorme mesa redonda. Esa imagen es ya un paradigma contemporáneo de la felicidad.

Y, entre medias, 48 páginas de puro placer en forma de historia con personajes y pasajes que rozan lo mágico. No me detendré en ninguna porque encuentro que todas son una maravilla y el post terminaría siendo demasiado prolijo. Bueno, las de Goscinny son más maravillosas que las de Uderzo en solitario, pero el trazo del dibujante a menudo casi hacía olvidar este hecho así que pasaré sobre el asunto de puntillas.

En todo caso sin saber de historia, uno, con cinco años, ya sabía algo con certeza: que los galos eran unos tipos estupendos.

Y que los romanos eran tontos y flojos.

Luego pasó lo de que existió una cosa llamada Imperio romano que quizá no fue precisamente débil. Pero para el tiempo que se relata en estos números, este Imperio todavía no estaba del todo formado, así que haremos como que no sabemos nada. No importa, es Astérix. Y, en todo caso, para muchos ha sido una excelente escuela de historia. ¿Cuántas personas sabrían si no que París fue en su día Lutecia? ¿Todos entenderían qué significa la palabra menhir? ¿Quién diablos sabría quiénes son Tutatis y Belenos? ¿Quién tendría la más mínima idea de lo que representan Alesia o Vercingétorix?

El arte propone muchas cosas. La representación del poder, la plasmación de la vida interior del artista o un cuestionamiento del status quo. En todas ellas hay tensión, hay una punta de dolor. Otras veces, las menos desde las vanguardias, el arte sirve para representar/buscar un goce estético. Esto no es hoy lo habitual. Y en algunas disciplinas es ciertamente complejo. ¿Qué escultura te hace feliz? ¿Qué edificio es para ti un sinónimo de euforia? Por favor, stendhals no, que me parecen muy  cargantes

Por hacer un barrido vertiginosamente rápido y muy a vuelapluma: una canción de los Beatles o una pieza de Mozart te puede procurar felicidad. También una novela de Eduardo Mendoza. En pintura, si nos ponemos intelectualoides, convendremos en que Chagall logra evocar momentos de paz. En el cine, de acuerdo, la lista sí es amplia.

Pero no hay rival que supere a Astérix. Él y Obélix están en lo alto de un podio invisible y magnífico. Ellos y todo su mundo. Y no va a haber virus que nos los arrebate.

PD.: En el momento de escribir estas palabras hace dos días que la poción mágica está siendo inoculada por nuestros druidas en toda la Unión Europea. Y felicidades aparte: ¿qué hubiera sido de nosotros sin ellos? Bebamos, pues, a su salud.

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